El origen de la yerba mate (leyenda guaraní)

Cuentan los que saben, que cierta noche, Araí la nube intentaba convencer a Yací la luna para que bajaran un momento a la tierra, a la selva, para caminar y disfrutar del hermoso paisaje que siempre admiraban únicamente desde el cielo.

En un principio Yací, la luna, no estaba muy convencida, pero Araí, la nube, cuando quería, podía ser muy convincente.

Tanto insistió, que finalmente termino por convencerla y decidieron bajar a la Tierra en forma de dos hermosas mujeres.

Fascinadas estaban por la belleza de la selva, recorrían los sinuosos senderos entre la vegetación, encantadas con los colores, los olores, los sonidos de las aves, los insectos…. ¡Que preciosidad! Pensaban ambas.  Perplejas estaban observando un blanco y enorme búho, el que parecía brillar con la luz de las estrellas…  cuando de pronto un extraño y fuerte rugido las hizo saltar del espanto.
Atemorizadas miraban a todos lados Intentando averiguar de dónde provenía ese aterrador rugido. Con los ojos lagrimosos se acurrucaron a los pies de un frondoso árbol, mientras oían que algo se acercaba a paso firme por entre la vegetación, era nada más y nada menos que un enorme yaguareté, que se posó frente a ellas, amenazante con sus blancos colmillos y afiladas garras.

 A pesar del miedo, intentaron correr, pero la fiera les cortó el paso con un ágil salto.

Fua ahí cuando el yaguareté, de un salto, intentó abalanzarse sobre las muchachas, quienes solo atinaron a cerrar sus ojos, presintiendo lo peor… lo que no esperaba este animal, era que en el mismo instante en que daba el salto, una flecha surcó el aire, haciendo cantar el viento, hiriéndolo en un costado.

Era un viejo que en ese momento andaba por el lugar, vio el peligro que corrían las dos mujeres y sin perder tiempo disparó la flecha.

La bestia cayó herida, retorciéndose de dolor, pero… no había sido herida de muerte y enfurecida se abalanzó sobre su atacante, el que, con la destreza del mejor arquero, volvió a arrojarle otra flecha que le atravesó el corazón.

Ahora sí, el peligro había desaparecido. Yací y Araí habían recobrado sus primeras formas y ya estaban en el cielo convertidas en luna y nube.

 El viejo no las volvió a ver luego de lanzar la segunda flecha, volvió a su casa pensando que quizás, todo había sido una alucinación.

Sin embargo, esa noche mientras descansaba, Yací y Araí aparecieron en sus sueños y después de darse a conocer, agradecidas por su nobleza, le hicieron un regalo. En sus sueños le explicaron que cuando despertara, encontraría a su lado una planta, cuyas hojas debían ser tostadas para hacer una infusión. Esta bebida reconfortaría al cansado y tonificaría al débil.

El viejo despertó y, efectivamente, vio la planta a su lado.

Cosechó sus hojas y las tostó, tal como le habían dicho Yací y Araí. Aquella infusión era el mate, una bebida exquisita, símbolo de amistosa hermandad entre los hombres y mujeres, que hasta el día de hoy siguen disfrutando este delicioso ritual.


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El origen de la yerba mate (leyenda guaraní)


El robo del fuego, leyenda wichi




Hace mucho tiempo , después de que un incendio  quemara  toda  la  tierra,  los  árboles  volvieron  a crecer, todo volvió a ser como era antes menos una cosa. El sol, al ver el terrible incendio, estaba tan
enojado pensando que alguien había querido ponerse a su altura que dejó a los hombres sin fuego. No era fácil vivir así, sobre todo porque ya se habían acostumbrado a tenerlo.



Los hombres no tenían fuego, pero había alguien que se las había ingeniado para quedarse con una buena fogata encendida sin que el sol se diera cuenta. El dueño del fuego ahora era el Yaguareté. Justo el Yaguareté, malo como pocos, odioso y enemigo de los hombres.
Que él tuviera fuego era lo mismo que nada porque por más que los hombres le rogaran y rogaran, el Yaguareté no quería darles ni una brasita. Encima, si le rogaban mucho, parece que se fastidiaba y sus rugidos estremecían el monte. Tanto rogaron los hombres y tanto rugió el Yaguareté que los primeros decidieron mandar una delegación en representación de todos los animales para que tratara de
convencer al felino.

Todo fue en vano y tan en vano fue que los animales, como no pudieron por las buenas, decidieron robarle el fuego.
El primero en atreverse fue el Oculto,17 el más experto en cuevas de todo el monte. No bien le pidieron ayuda, ahí nomás planeó hacer un hoyo largo en la tierra que empezara donde el Yaguareté no pudiera verlo y terminara justito en la fogata. La idea era asomarse despacio, robar una brasa y volver sin dejar rastro. Parecía un plan perfecto, pero no dio resultado. El Oculto hizo ruido, el Yaguareté lo escuchó y lo esperó para darle un zarpazo. El Oculto quedó todo magullado y con el hocico chato.
Cuando el Oculto llegó malherido y con las manos vacías adonde estaban los otros animales, grande fue la decepción de todos. Fue el Conejo, entonces, quien se ofreció para tan arriesgada prueba. Pensó que de nada valdría querer acercarse sin que el Yaguareté lo viera porque, hiciera lo que hiciera, el dueño del fuego era muy astuto, tenía vista de lince y oído finísimo. Así que decidió acercarse con algún pretexto. Después de haber pensado mucho y sabiendo de antemano que el Yaguareté siempre estaba hambriento, decidió acercarse ofreciéndole algo rico para comer. Con ayuda de la Garza consiguió unos pescados y fue a verlo. El Yaguareté enseguida olfateó el pescado y lo dejó acercarse.

—Dejalo ahí y andate nomás —le dijo. Pero el Conejo insistió en cocinarlo para que su regalo fuera completo. Se acercó al fuego, abrió al medio los pescados, los puso sobre una rama verde y cada tanto los acomodaba para que se fueran cocinando parejitos. 

Tanto tardaba que el Yaguareté bostezaba de aburrimiento. Aprovechando su distracción, el Conejo apoyó sobre las brasas la cola de una mojarrita a la que se le pegó una brasa pequeña. Rápido el conejo la sacó del fuego, la puso debajo de su mandíbula y salió corriendo.

 Cuando el Yaguareté se dio cuenta del engaño, saltó como un rayo y se puso a correr detrás del Conejo. Casi lo alcanza pero, al verse acorralado, el Conejo tiró a los yuyos secos la brasita, que se convirtió rápidamente en llamarada y creció y creció y creció hasta incendiar el monte.

El Yaguareté, desesperado, aunque lo intentó, no pudo apagar el fuego. Los otros animales corrieron con ramas y cada uno se llevó un poquito de fuego para tener su propia fogata. El Yaguareté se quedó muy enojado, más intratable que antes. Y, a partir de entonces, tuvo las plantas de las patas secas, medio quemadas por haber tratado de apagar el fuego. Como recuerdo de esta aventura, el conejo del Chaco tiene una manchita blanca en la garganta, allí donde se quemó con la brasa que había robado. Dicen que desde entonces el fuego se metió dentro de los árboles y por eso se lo puede encontrar frotando dos ramitas.

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La leyenda del Chajá, leyenda guaraní

El anciano Aguará era el Cacique de una tribu guaraní. En su juventud, el valor y la fortaleza lo distinguieron entre todos; pero ahora, débil y enfermo, buscaba el consejo y el apoyo de su única hija, Taca, que con decisión acompañaba al padre en sus tareas de jefe.

Taca manejaba el arco con toda maestría, y en las partidas de caza, a ella correspondían las mejores piezas, constituyendo el trofeo de su arrojo ante el peligro. Todos la admiraban por su destreza y la querían por su bondad. Muchas veces había salvado a la tribu en momentos de peligro, reemplazando al padre que, por la edad y por la salud resentida, estaba incapacitado para hacerlo.

Aparte de todas estas condiciones, Taca era muy bella. De color moreno cobrizo su piel, tenía ojos negros y expresivos, y en su boca, de gesto decidido y enérgico, siempre brillaba una sonrisa. Dos largas trenzas negras le caían a los lados del rostro. Un tipoy cubría su cuerpo hasta los tobillos, y con una faja de colores que los guaraníes llamaban chumbé, lo ceñía a la cintura.

Las madres de la tribu acudían a ella cuando sus hijos se hallaban en peligro, seguras de encontrar el remedio que los salvara. Era la protectora dispuesta siempre a sacrificarse en beneficio de la tribu.

Los jóvenes admiraban su bondad y su belleza, y muchos solicitaron al Cacique el honor de casarse con tan hermosa doncella. Pero Taca rechazaba a todos. Su corazón no le pertenecía.

Ará-Naró, un valiente guerrero que en esos momentos se hallaba cazando en las selvas del norte, era su novio y pensaban casarse cuando él regresara. Entonces el viejo Cacique tendría, en su nuevo hijo, quien lo reemplazase en las tareas de jefe.

La vida de la tribu transcurría serena; pero un día, tres jóvenes: Petig, Carumbé y Pindó, que salieron en busca de miel de lechiguana, volvieron azorados trayendo una horrible noticia. Al llegar al bosque en busca de panales, cada uno de ellos había tomado una dirección distinta. Se hallaban entregados a la tarea, cuando oyeron gritos desgarradores. Era Petig, que, sin tiempo ni armas para defenderse, había sido atacado por un jaguar cebado con carne humana y nada pudieron hacer los compañeros para salvarlo, pues ya era tarde. El jaguar había dado muerte al indio y lo destrozaba con sus garras. Carumbé y Pindó no tuvieron más remedio que huir y ponerse a salvo. Así habían llegado, jadeantes y sudorosos, a dar cuenta de lo sucedido.

Esta noticia causó estupor y miedo en la tribu, pues hasta entonces ningún animal salvaje se había acercado al bosque donde ellos acostumbraban ir a buscar frutos de banano, de algarrobo y de mburucuyá, que les servían de alimento.

Desde ese día no hubo tranquilidad en la tribu. Se tomaron precauciones; pero el jaguar merodeaba continuamente y muchas fueron las víctimas del sanguinario animal.

El Consejo de Ancianos se reunió para tomar una determinación que pusiera fin a semejante amenaza de peligro para todos.

Y decidieron: era necesario dar muerte a quien tantas muertes había producido.

Para conseguirlo, un grupo de valientes debía buscar y hacer frente a la terrible fiera, hasta terminar con ella.

El Cacique aprobó la determinación de los Ancianos. Pidió a los jóvenes de la tribu que quisieran llevar a cabo esta empresa, se presentaran ante él.

Grande fue la sorpresa del jefe cuando vio aparecer en su toldo a un solo muchacho: Pirá-U.

De los demás, ninguno quiso exponer su vida.

Pirá-U sentía gran admiración y un gran reconocimiento hacia el viejo Cacique. En cierta ocasión, hacía muchos años, Aguará había salvado la vida de su padre, de quien era gran amigo. Fue un verdadero acto de heroísmo el cumplido por el valiente Cacique, con peligro de su propia vida.

Desde entonces, nada había que Pirá-U, agradecido, no hiciera por el viejo Aguará. Por eso, ésta era una espléndida oportunidad para demostrarlo. Él sería el encargado de librar a la tribu de tan terrible amenaza. Así fue que Pirá-Ú, sin ayuda de nadie, confiando en su valor y en la fuerza que le prestaba el agradecimiento, partió a cumplir tan temeraria empresa. Gran ansiedad reinó en la tribu al siguiente día. Todos esperaban al valiente muchacho, deseosos de verlo llegar con la piel del feroz enemigo.

Pero las esperanzas se desvanecieron. Pasó ese día y otros más y Pirá-U no regresó.

Había sido una nueva víctima del jaguar. Nuevamente se reunió el Consejo y nuevamente se pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero esta vez nadie respondió... nadie se presentó ante el Cacique. Era increíble que ellos que habían dado tantas veces pruebas de valor y de audacia, se mostraran tan cobardes en esta ocasión.

Taca, indignada, reunió al pueblo, y en términos duros y con ademán enérgico, les dijo:

Me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Segura estoy de que si Ará-Naró estuviera entre nosotros, él se encargaría de dar muerte al sanguinario animal. Pero en vista de que ninguno de vosotros es capaz de hacerlo, yo iré al bosque y yo traeré su piel. Vergüenza os dará reconocer que una mujer tuvo más valor que vosotros, cobardes!

Así diciendo entró en su toldo. El padre, que se hallaba postrado por la enfermedad, se oponía a que su hija llevara a cabo una empresa tan peligrosa.

- Hija mía -le dijo- tu decisión me honra y me demuestra una vez más que eres digna de tus antepasa­dos. Mi orgullo de padre es muy grande. Te quiero y te admiro; pero la tribu te necesita. Mi salud no me permite ser como antes y sin tu apoyo no podría gobernar.

Padre, los dioses me ayudarán y yo volveré triunfante. Si permitimos que el sanguinario animal continúe con sus desmanes no podremos llegar al bosquecillo en busca de alimentos, y la vida aquí será imposible.

Hija mía; otros deben dar muerte al jaguar. Tú eres necesaria en la tribu y no es muy seguro que te libres de morir entre las garras de la fiera.

Padre... tus súbditos han demostrado ser unos cobardes. Creen que el yaguareté es un enviado de Añá para terminar con nosotros, y temen enfrentarlo. Yo debo salvar a la tribu. ¡Permite que vaya, padre mío!

El anciano tuvo que acceder. Las razones que le daba su hija eran justas y claras ­ y no había otra manera de librarse de enemigo tan cruel.

Y Taca empezó los preparativos para ponerse en viaje ese mismo día al atardecer.

Cuando se disponía a partir, varios jóvenes trajeron la noticia de que los cazadores que partieran hacía una luna, se acercaban. Estaban a corta distancia de los toldos.

Fue para Taca una noticia que la lleno de placer y de esperanza. Entre los cazadores venía Ará-Ñaro, su novio, y él podría acompañarla para dar muerte al jaguar. Impacientes esperaban la llegada de los bravos cazadores, los que se presentaron cargados de innumerables animales muertos, pieles y plumas, conseguidos después de tantos sacrificios y de tantos peligros.

Fueron recibidos con gritos de alegría y de entusiasmo por toda la tribu que se había reunido cerca del toldo del Cacique. Junto a la entrada se encontraba éste con su hija Taca, rodeados por los ancianos del Consejo.

El viejo Aguará saludó con todo cariño a los valientes muchachos, que se apresuraron a poner a sus pies las piezas más hermosas.

- Ará-Naró, después de agasajar al Jefe, se dirigió a Taca, y como una prueba de su gran amor, le ofreció el presente que le tenía dedicado: una colección de las más vistosas y brillantes plumas de aves del paraíso, de tucán, de cisne, de garza y de flamenco. El gozo y la satisfacción se pintaron en el rostro de la doncella, que con una suave sonrisa agradeció el obsequio.

Después... cada uno se retiró a su toldo. Aguará, Taca y Ará-Naró quedaron solos. El sol se había ocultado detrás de los árboles del bosquecillo cercano. Un reflejo rojo y oro teñía las nubes, y como venido de lejos se oyó el grito lastimero del urutaú.

En ese momento, el viejo Cacique comunicó a Ará-Naró la decisión de su hija.

-Hijo mío- le dijo - un jaguar cebado con sangre humana ha hecho muchas víctimas entre nuestro pueblo. El primero fue Petig, que tomado desprevenido, murió deshecho por la fiera. Después Saeyú y otros que, confiados, fueron al bosque en busca de alimentos. Se decidió dar muerte al sanguinario animal; pero Pirá-Ú, encargado de ello, no ha vuelto. Fue, sin duda, una víctima más... Y ahora nadie quiere hacer frente a tan terrible enemigo. Todos le temen creyéndolo un enviado de Añá, imposible de vencer.

Taca, por su parte, ha decidido ser ella quien termine con el jaguar, y piensa partir ahora mismo.

-Taca, eso no es posible- dijo resuelto Ara-Ñaro-. Esa no es empresa para ti. Y los guerreros de nuestra tribu: ¿qué hacen? ¿Cómo permiten que una doncella los aventaje en valor y los reem­place en sus obligaciones?. -Los jóvenes temen a Añá, y no quieren atacar a quien creen su enviado. -Taca, ¡no irás! Seré yo quien dé muerte al jaguar, y su piel será una ofrenda más de mi amor hacia ti.

-No podrá ser, Ará-Ñaró. ¡He dado mi palabra y voy a cumplirla!... Dentro de un instante saldré en busca del jaguar, y cuando vuelva gritaré una vez más su cobardía a los súbditos del valiente Aguará.

-No has de ir sola, Taca. Espera unos instantes y yo te acompañaré.

­ Ya debo partir, Ará-Ñaro; “yahá!”…, “yahá!”…(¡vamos!, ¡vamos!).

Pronto se reunió Ará-Ñaró a su prometida, y cuando la luna envió su luz sobre la tierra, ellos marchaban en pos del enemigo de la tribu. La esperanza de terminar con él los alentaba. Cuando llegaron al bosque, Ará-Ñaró aconsejó prudencìa a su compañera, pero ella, en el deseo de terminar de una vez por todas con el carnívoro, adelantándose, lo animaba:

- “yahá!”…, “yahá!”…

Cerca de un ñandubay se detuvieron. Habían oído un rozamiento en la hierba. Supusieron que el jaguar estaba cerca. Y no se equivocaban. Saliendo de un matorral vieron dos puntos luminosos que parecían despedir fuego. Eran los ojos de la fiera, que buscaba a quienes pretendían hacerle frente. Con paso felino se iba acercando, cuando Ara­Naró, haciendo a un lado a su novia y obligándola á guarecerse detrás de un añoso árbol, se dirigió, decidido, hacia la fiera.

Fueron momentos trágicos los que se sucedieron. ¡El hombre y la fiera luchando por su vida! Ará-Naró era fuerte y valiente, pero el jaguar, con toda fiereza, lanzó un rugido salvaje. Taca, que desde su escondite seguía con ansiedad una lucha tan desigual, se estremeció.

Un zarpazo desgarró el cuello del valiente indio y lo arrojó a tierra. Con él rodó la fiera enfurecida y poderosa.

Taca dio un grito, y de un salto estuvo al lado del animal ensangrentado, que se trabó en pelea con su nueva atacante.

Pero fue en vano. En esa prueba de valientes, ninguno salió triunfante.

Taca, Ará-Ñaró y el jaguar pagaron con su vida el heroísmo que los llevó a la lucha.

Pasaron los días. En la tribu se tuvo el convencimiento de la muerte de los jóvenes prometidos.

-El viejo Cacique, cuya tristeza era cada vez mayor, fue consumiéndose día a día, hasta que Tupá, condolido de su desventura, le quitó la vida.

Todos lloraron al anciano Aguará, que había sido bueno y valiente, y de quien la tribu recibiera tantos beneficios.

Prepararon una gran urna de barro, y después de colocar en ella el cuerpo del Cacique, pusieron sus prendas y, como era costumbre, provisiones de comida y bebida.

En el momento de enterrarlo, en el lugar que le había servido de vivienda, una pareja de aves, hasta entonces desconocidas, hizo su aparición gritando: -- “yahá!”…, “yahá!”…

Eran Taca y Ará-Naró, que convertidos en aves por Tupá, volvían a la tribu de sus hermanos.

Ellos los habían librado del feroz enemigo, y desde ahora serían sus eternos guardianes, encargados de vigilar y dar aviso cuando vieran acercarse algún peligro.

Por eso, el chajá, como le decimos ahora, sigue cumpliendo el designio que le impusiera Tupá, y cuando advierte algo extraño, levanta el vuelo y da el grito de alerta: ; "Yahá!..., " "Yahá!"...



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La leyenda del Chajá, leyenda guaraní

El hombre y el rayo, leyenda Qom


Kasonkongá es la deidad Qom que tiene el poder del rayo. 

Vive en el cielo. Creen que manda a formar las nubes, pide a la serpiente arco iris que traiga los vientos a la tierra, castiga con granizo y, de tanto en tanto, se presenta ante los hombres tomando forma de viejita o de oso hormiguero.

Kasongongá es para los qom el rayo que cae a la tierra con la fuerza destructora de la naturaleza. Pero también es una deidad benefactora que, cuando se cruza con un indio, si este es obediente y cumplidor, le asegura buena pesca y abundancia para el resto de su vida.

Dicen que una vez un qom estaba cazando en el monte para llevar comida a su gente.

La tarde estaba tranquila, iluminada por los rayos del sol que se colaban entre los árboles.

El qom avanzaba por el monte cuando de pronto escuchó un gemido suave, largo, lastimoso. Se metió monte adentro para ver de qué se trataba siguiendo ese sonido que cada vez se hacía más fuerte cuando se encontró con un potai (oso hormiguero)

Inmediatamente, al estar frente a frente, le contó quién era y cómo había quedado atrapado en el tronco de aquel árbol. Le pidió ayuda, necesitaba liberarse y volver al cielo y solo un hombre que prendiera una fogata en su nombre podría ayudarlo.

Al principio, al cazador le costó creerlo. Pero cuando lo pensó un poquito mejor, recordó que la noche anterior se había desatado una terrible tormenta y que era posible que un rayo hubiera caído con toda su fuerza hasta que- dar atrapado en el tronco de un árbol.

Kasongongá le dijo que solo tenía que encender una gran fogata y que él se encargaría del resto.
El cazador, obediente, juntó todas las ramitas y hojas secas que pudo y armó una gran fogata. Cuando las llamas de la hoguera se elevaron en lo alto, Kason- gongá comenzó a elevarse con el humo y desde lo alto le habló al cazador de este modo:

—Ahora podés irte a tu casa. Rápido, porque en poco tiempo se desatará en el monte una gran tormenta. Para agradecerte lo que hiciste por mí, te pro- meto que nunca te faltará alimento y que serás un experto cazador.
Dicho esto, Kasongongá se confundió con el humo, se elevó al cielo y desapareció. Tal como lo había anunciado, empezó a llover fuerte en el monte. Los relámpagos iluminaban la noche. El Rayo estaba festejando el regreso a su casa.


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La piedra que cura el mal de amores (Ancash)



En las alturas del pueblo de Huacllán, en el lugar
denominado Hualla, habitaba la tribu de los indios huallas,

El curaca de la tribu tenía
una hija muy hermosa llamada Ninfa, quien contrajo
matrimonio con un hombre no muy agraciado, sin embargo, a pesar de no ser muy hermoso, se respetaban y amaban con todo el amor del mundo. 

Este matrimonio nunca fue del agrado de su padre, el curaca, pues sentía vergüenza de que su hermosa hija estuviera casada con ese hombre. 

Dicen, que cierto día, el curaca invitó a su hijo político a celebrar la buena fortuna de los dioses, pero esto era solo una excusa para algo horrible… mientras bebían, puso veneno en la bebida del desafortunado hombre…. El que empezó poco a poco a desvanecerse, cayendo en un profundo sueño…. Del que jamás despertó. 

El malvado jefe de la tribu llevó por la noche el cuerpo de su yerno cerca de las montañas, para que los pumas se deshicieran de él. 

Al otro día, diciendo que nada sabia de su esposo, llevó a Ninfa a un pequeño paseo, en donde encontraron los restos del muchacho, a medio comer por los pumas. 

Ninfa no podía creerlo… el amor de vida se había ido para siempre… Entonces salió corriendo en dirección a la costa, sin saber que hacer, sin saber que sería de su vida de ahora en adelante. 

Cuando llevaba recorrido apenas tres kilómetros, a la altura de
Cuta-Cocha, en las inmediaciones de la parte superior de
Huacllán, le dio el mal de corazón, o el mal de amores, como le llaman, porque sentía mucha pena por
la muerte inesperada de su esposo. 

Tanto dolor sentía en su corazón, en su alma, que no pudo continuar el viaje, y se quedó en ese sitio, donde hizo construir su casa. 


Había pasado un tiempo, cuando uno de los incas, al hacer su recorrido por esos lugares,
llegó a la casa de Ninfa y ella, con el corazón adolorido,
le contó lo que padecía y la causa de su mal. 

El inca,
que era muy generoso, al ver su rostro angelical, le ofreció
mandar traer una piedra de la ciudad de Quito para
que tomara un pedacito de ella en infusión y sanase del
shonco-nané («mal o dolor de corazón»). 

Y En efecto, así
lo hizo, La piedra fue colocada junto a la casa de Ninfa,
quien cada vez que le dolía el corazón tomaba en infusión
un pedacito de ella, y también repartía entre las personas
que sufrían de ese mal. 

Dicha piedra aún existe en ese lugar. Pero año tras año
se va achicando, porque las gentes que conocen la virtud
que encierra se llevan siempre un pedacito de ella.






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Leyenda Tehuelche, Kóoch: el creador



“KÓOCH, EL CREADOR”


Al principio únicamente existía Kóoch. Así llamaban los Tehuelches a Dios.



Kóoch era eterno, existía desde siempre. Vivía solo, en medio de una inmensa oscuridad, porque aún no había creado el sol ni las estrellas. Sucedió que al sentirse en tan completa soledad, una gran tristeza invadió su ser y le dieron ganas de llorar. 

Y lloró, lloró y lloró… ¿Cuánto tiempo? Imposible decirlo porque aún no existía el sol ni la luna para contar los días, meses y años. 

Tanto lloró que sus infinitas lágrimas formaron el mar inmenso, el océano. 

Cansado ya de llorar suspiró profundamente, como te pasa a ti después de haber llorado mucho, y ese hondo suspiro de Kóoch produjo a Xóshem, el primer viento que hubo en el universo. 

Un viento muy fuerte que empezó a barrer las tinieblas y a mover las aguas del mar levantando grandes olas.

 Al escuchar el bramar del viento y el tumulto impetuoso del mar, Kóoch quiso ver bien lo que pasaba y levantó un brazo a través de la oscuridad y con su mano produjo una enorme chispa, creando así al sol; Xáleshen, lo llamaban los Tehuelches.


Xáleshen se puso enseguida a calentar. Al calentarse el agua del mar se evaporó y se formaron las nubes que el viento empezó a llevar de un lado para otro. 

Como el viento era muy fuerte, las nubes corrían como locas por todas partes, se juntaban y chocaban entre sí. Así nacieron las tormentas y Karut, el trueno que acompaña a los relámpagos y rayos.
 Después de mucho tiempo se calmó el viento y las nubes descansaron tranquilas. 

Kóoch creó luego una inmensa isla en medio del océano y allí fue haciendo surgir la vida vegetal y animal y vio que era perfecto y bueno lo que había hecho: el sol iluminaba y daba calor a la tierra donde crecían toda clase de pastos y árboles que servían de alimento a los animales; las nubes dejaban caer su humedad en forma de lluvia que regaba las plantas y el viento se suavizó y solamente algunos días soplaba más fuerte. 

Durante el día era maravilloso, pero por las noches, cuando el sol se ocultaba, todo quedaba muy oscuro.

 A Kóoch la noche le traía el recuerdo de las tinieblas y la soledad del principio que lo hicieron llorar y por eso creó a Kéenyenkon, la luna, para que iluminara suavemente por las noches.


Contento con su obra de arte Kóoch se fue a través del océano.

 En su marcha creó otra tierra más allá del horizonte: la Patagonia. 

La luna y el sol no se conocían porque ella se levantaba cuando el sol ya se había acostado. 

Las nubes que estaban siempre en el cielo fueron las que les contaran de la existencia del otro. 

Fue así que el sol tuvo deseo de conocer a la luna y la luna de conocer al sol y comenzaron a espiarse: la luna se quedaba un poco más para ver salir al sol y el sol se apuraba para ver a la luna.

 Así se fueron enamorando y por fin decidieron casarse. El primer beso fue un eclipse total del sol.”




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La leyenda del ñanculahuen, leyenda mapuche



El gran cacique Loncopan está enfermo. Toda la tribu está profundamente apenada por la terrible enfermedad que posiblemente le quite a su líder. La fuerza y la astucia de su bello y fornido cuerpo han desaparecido. Está postrado en su catrera  sin poder moverse. Los intentos de curación fueron en vano: ni los remedios ni el Nguillatun  en el que rogaron a Nguenechen  por él, surtieron efectos sobre su perniciosa enfermedad.

Loncopan es adorado y respetado por sus súbditos. No sólo por su valentía y destreza en la caza y la guerra, sino también por la bondad, sabiduría y justicia con que gobierna la tribu. Ya no se puede hacer nada. Sólo queda ir a buscar a una machi  que vive entre los cipreses y alerces del espeso bosque. Es la última esperanza, todavía confían en que sus hierbas y exorcismos sagrados puedan curar el terrible padecimiento que lo está arrastrando a la muerte.

La machi entra en la ruca y ve, al lado derecho de Loncopan, a una mujer hermosa. Es Pilmaiquen, la esposa del enfermo. Tiene los ojos llenos de lágrimas y está desesperada. Le ha pedido a Nguenechen que tome su vida a cambio de la de su esposo.

La machi comienza su rito haciendo conjuros. Entre convulsiones, gritos y gestos grotescos exclama en una agitación:

"Ñancu... Ñanculahuen".
(aguilucho blanco... hierba en las cumbres de las montañas, p.260)

Los presentes se estremecen. Pilmaiquen ahoga un grito en su pecho. El ñanculahuen  es una hierba que crece en las cumbres de las montañas. Además, está celosamente custodiada por el ñancu, el aguilucho blanco. Todo aquel que se atreva  a apoderarse de la hierba sufrirá espantosos peligros. Sin embargo, la valiente esposa exclama, sin titubear  un momento:

"Yo iré a buscar el ñanculahuen."

Se acerca a la cama de su esposo y le promete:

"Yo te traeré la hierba. En tres días estaré aquí."

Inútil es convencerla de que no emprenda la imposible aventura. Pilmaiquen parte decidida con rumbo fijo: las montañas. Todos quedan aterrados cuando la machi les dice: "Ha ido a buscar el ñanculahuen."

Pilmaiquen se interna por senderos sólo transitados por animales. Es el único modo de llegar a la cordillera nevada. El viento helado le azota la cara. Las piedras y espinas cortantes le lastiman los pies. Pero nada es más fuerte que el inconmensurable amor que siente por su esposo. Eso le da ánimo y le permite soportar los sufrimientos con algo de alegría.

Su alimento son los piñones del pehuen  y, por las noches, duerme debajo de las lengas (haya del sur  achaparradas de las altas cumbres. Al segundo día llega a los dominios del ñancu (aguilucho blanco) el lugar donde crece la hierba que curará a su amado esposo. Agotada , se sienta sobre una roca a descansar. De repente, sus ojos divisan  un ave blanca que se posa en una roca cercana a la de ella. La mirada del ñancu es penetrante, y con un fuerte bramido exclama:

"¿Qué has venido a buscar?"

"Mi esposo se está muriendo", responde Pilmaiquen. "¡dame la hierba que sana! Yo estoy dispuesta a dar mi vida por ella."

El ñancu acepta su sacrificio y le contesta:

"Por el amor que sientes por tu esposo, acepto tu ofrecimiento. Te daré la hierba que necesitas, pero a medida que tu esposo recupere la salud, tú perderás los movimientos y el habla. Sólo conservarás tus ojos sanos para que puedas ver la obra que has hecho, y serás la esposa más amada del mundo."

El aguilucho se va y, al rato, regresa con la hierba curativa entre sus garras. Pilmaiquen llora de felicidad.

Al tercer día de la partida, Pilmaiquen regresa con la hierba sagrada en sus manos, entre las muestras de asombro del resto de la tribu. De inmediato preparan la infusión con la sorprendente hierba y comienzan a lavar las heridas de su esposo, que lentamente va recuperando los movimientos. Al mismo tiempo, ella va perdiendo la movilidad y la palabra. Cuando Loncopan recupera su salud, pregunta por su esposa. La encuentra sentada cerca del bosque.

"¿Por qué estás aquí?", le pregunta. Al no poder hablar, Pilmaiquen estalla en un llanto. El cacique, angustiado, consulta a la machi.

"Tu mujer no volverá a hablar ni a moverse jamás. Ése es el costo de tu salvación."

En ese momento, Loncopan comprende cuánto lo ama Pilmaiquen



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La leyenda del picaflor, leyenda Guaraní


Cuentan los ancianos que el gran Tupá es justo y bueno cuando justa y buena es la intención de los hombres. Y la intención de Potí y Guanumby fue la más noble que existe en este mundo: amarse siempre y mucho, más allá del cielo y de la tierra, del tiempo y de la muerte, de la vida y de la humanidad.

Eran sus familias de tribus enemigas y hacía tanto tiempo que se odiaban que ya nadie conocía la razón. Cuentan que Potí era bella. Bella como el alba en primavera. Bella como el viento del atardecer que arrastra las hojas en otoño y alivia a los hombres del verano. Bella como el sol que acaricia los rostros y alumbra la sombra del invierno. A Guanumby no le costó enamorarse, y muy pronto Potí también lo amó.

Una y diez mil veces se encontraron más allá del monte blanco, bajo el sauce criollo, sin que nadie los viera. Pero un día la hermana de Potí sospechó. Sigilosa, la siguió hasta el monte y descubrió el secreto. Y enseguida se lo confió a su padre.

Al día siguiente, como siempre, Guanumby cruzó el monte blanco y esperó bajo el sauce. Pero Potí no llegó.  Desesperado, se acercó a la aldea, a riesgo de que lo mataran. Y encontró a Potí discutiendo fervorosamente con el cacique de su tribu:

─¡Jamás lo permitiré! ─le gritaba él.

─¡Estoy enamorada de Guanumby! ¡Debes entenderlo, padre!

─¡Nunca! Por la mañana te casarás con uno de los nuestros, y esa es mi última palabra.

Entonces Guanumby salió de su escondite. Como si hubieran podido ensayarlo una y diez mil veces gritaron al unísono, ante el horror del cacique:

─¡Oh, gran Tupá, no lo permitas!

Cuentan los ancianos que jamás se vio en la tierra otro prodigio igual. De pronto Potí y Guanumby vieron sus propios cuerpos, extrañados, como si ya no les pertenecieran. Potí se deshizo en un tallo pequeño pero firme y su piel se fue volviendo suave como un terciopelo: era una flor, una flor bellísima como ella misma lo había sido antes de que el gran Tupá la transformara.

Guanumby, al mismo tiempo, se volvió ligero como el aire: dos alas diminutas, casi transparentes y veloces lo mantuvieron en vuelo y, desesperado por encontrar a Potí, se alejó torpemente del lugar. Desde entonces la busca. Huele cada flor de cada monte de cada de cada aldea. Besa con su pico las corolas más bellas con la secreta esperanza de encontrarla. Cuentan que unos hombres lo vieron y quedaron extasiados por el color de sus plumas y la rapidez de sus movimientos.


─Picaflor ─lo nombraron, porque una y diez mil veces lo vieron escarbando con su pico el interior de las flores, ignorantes de que Guanumby solo busca los besos de su amada.


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Los Dioses de la luz, leyenda mapuche.



 Antes de que los Mapuches descubrieran como hacer el fuego, vivían en grutas de la montaña; "casa de piedra", las llamaban.


    

Temerosos de las erupciones volcánicas y de los cataclismos, sus dioses y sus demonios eran luminosos. Entre estos, el poderoso Cheruve. Cuando se enojaba, llovían piedras y ríos de lava. A veces el Cheruve caía del cielo en forma de aerolito.


    Los Mapuches creían que sus antepasados revivían en la bóveda del cielo nocturno. Cada estrella era un antiguo abuelo iluminado que cazaba avestruces entre las galaxias.



    El Sol y la Luna daban vida a la Tierra como dioses buenos. Los llamaban Padre y Madre. Cada vez que salía el Sol, los saludaban. La Luna, al parecer cada veintiocho días, dividía el tiempo en meses.



    Al no tener fuego, porque no sabían encenderlo, devoraban crudos sus alimentos; para abrigarse en tiempo frío, se apiñaban en las noches con sus animales, perros salvajes y llamas que habían domesticado.



    Tenían horror a la oscuridad, era sigo de enfermedad y muerte.



    Se imaginaban cosas terribles.



    En una de esas grutas vivía una familia: Caleu, el padre, Mallén, la madre y Licán, la hijita.



    Una noche, Caleu se atrevió a mirar el cielo de sus antepasados y vió un signo nuevo, extraño, en el poniente: una enorme estrella con una cabellera dorada.



    Preocupado, no dijo nada a su mujer y tampoco a los indios que vivían en las grutas cercanas.



    Aquella luz celestial se parecía a la de los volcanes, ¿traería desgracias?, ¿quemaría los bosques?. Aunque Caleu guardó silencio, no tardaron en verla los demás indios. Hicieron reuniones para discutir que podría significar el hermosos signo del cielo. Decidieron vigilar por turno junto a sus grutas.



    El verano estaba llegando a su fin y las mujeres subieron una mañana muy temprano a buscar frutos de los bosques para tener comida en el tiempo frío.



    Mallén y su hijita Licán treparon también a la montaña.



    -Traeremos piñones dorados y avellanas rojas -dijo Mallén.



    -Traeremos raíces y pepinos del copihue -agregó Licán



    La niña acompaño otras veces a su madre en estas excursiones y se sentía feliz.



    -Vuelvan antes de que caiga la noche -les advirtió Caleu.



    -Si nos sorprende la noche, nos refugiaremos en una gruta que hay allá arriba, en los bosques -lo tranquilizó Mallén.



    Las mujeres llevaban canastos tejidos con enredaderas. Parecía una procesión de choroyes, conversando y riendo todo el camino.



    Allá arriba había gigantescas araucarias que dejaban caer lluvias de piñones. Y los avellanos lucían sus frutas redondas, pequeñas, rojas unas, color violeta y negras otras, según iban madurando.



    No supieron cómo pasaron las horas. El Sol empezó a bajar y cuando se dieron cuenta, estaba por ocultarse.



    Asustadas, las mujeres se echaron los canastos a la espalda y tomaron a sus niños de la mano.



    -¡Bajemos, bajemos! -se gritaban unas a otras.



    -No tendremos tiempo. Nos pillará la noche y en la oscuridad nos perderemos para siempre -advirtió Mallén.



    -¿Qué haremos entonces? -dijo la abuela Collalla, que no por ser la más vieja, era la más valiente.



    -Yo sé donde hay una gruta por aquí cerca, no tenga miedo, abuela -dijo Mallén.



    Guió a las mujeres con sus niños por un sendero rocoso. Sin embargo, al llegar a la gruta, ya era de noche. Vieron en el cielo del poniente la gran estrella con su cola dorada.



    La abuela Collalla se asustó mucho. -Esa estrella nos trae un mensaje de nuestros antepasados que viven en la bóveda del cielo -exclamó.



    Licán se aferró a las faldas de su madre y lo mismo hicieron los demás niños.



    -Vamos, entremos a la gruta y dormiremos bien juntas para que se nos pase el miedo -dijo Mallén.



    -Eso sería lo mejor, murmuró Collalla, temblorosa.



    Ella conocía viejas historias, había visto reventarse volcanes, derrumbarse montañas, inundaciones, incendios de bosques enteros.



    No bien entraron a la gruta, un profundo ruido subterráneo las hizo abrazarse invocando al Sol y la Luna, sus espíritus protectores.



    Al ruido siguió un espantoso temblor que hizo caer cascajos del techo de la gruta. El grupo se arrinconó, aterrorizado.



    Cuando pasó el terremoto, la montaña siguió estremeciéndose como el cuerpo de un animal nervioso.



    Las mujeres palparon a sus hijos, no, nadie estaba herido. Respiraron un poco y miraron hacia las boca blanquecina de la gruta: por delante de ella cayó una lluvia de piedras que al chocar echaban chispas.



    -¡Miren! -gritó Collalla. ¡Piedras de luz! Nuestros antepasados nos mandan este regalo.



    Cómo luciérnagas de un instante, las piedras rodaron cerro abajo y con sus chispas encendieron un enorme coihue seco que se erguía al fondo de una quebrada.



    El fuego iluminó la noche y las mujeres se tranquilizaron al ver la luz.



    -La estrella con su espíritu protector mandó el fuego para que no tengamos miedo -dijo la abuela Collalla riendo.



    Niños y mujeres también rieron, aplaudiendo el fuego.



    El grupo silencioso contempló las llamas como si fueran el mismo Padre Sol que hubiera venido a acompañarlas.



    Se sentaron junto a la gruta, oyendo crepitar las llamas como música desconocida.



    Al rato, llegaron los hombres desafiando las tinieblas por buscar a sus niños y mujeres.



    Caleu se acercó al incendio y cogió una llama ardiente; los otros lo imitaron y una procesión centelleante bajó de los cerros hasta sus casas.



    Por el camino iban encendiendo otras ramas para guiarse.



    Al otro día, oyendo el relato de las piedras que lanzaban chispas, los indios subieron a recogerlas y al frotarlas junto a ramas secas lograron encender pequeñas fogatas.


    Habían descubierto el pedernal. Habían descubrieron cómo hacer el fuego.


    Desde entonces, los Mapuches tuvieron fuego para alumbrar sus noches, calentarse y cocer sus alimentos.









La leyenda de la risa del hornero, y el origen del fuego. (leyenda wichi)



LA LEYENDA DE LA RISA DEL HORNERO Y EL ORIGEN DEL FUEGO
Leyenda Wichi




Hoy te contaremos, una historia… un mito muy especial, que nos habla sobre una delicada ave, la cual tú y yo conocemos muy bien, pequeña, un colorcillo café claro, que cuando canta parece siempre estar riendo… ¿ya vas adivinando?  ¡Yo creo que sí!, hablo del “hornero”, conocida también en algunos lugares como “Alonsito”.

Este lindo pajarillo, desde que apareció en nuestro hermoso planeta, ha sido un trabajador incansable, arquitecto de hermosos e inigualables nidos, que con paciencia y amor va dando forma. Pero así tanto como gusta de trabajar, disfruta mucho, pero mucho el reír, carcajea sobre la luna, las hojas, el viento, o lo que sea que pase por su mirada. 

Esas ganas de reír, son lo que nos llevará a la historia de hoy….

Se dice que, hace muchos años atrás, cada vez que los animales hacían fiestas, no invitaban al hornero pues pensaban que se podía reír de ellos, entonces, marchaban silenciosos, esperando a que el risueño pájaro no escuchara sus pasos por los bosques. 

Resulta que cierta vez, Itoj Pajla, también  conocido como “el hombre de fuego” invitó a su hogar a todos los animales de bosque, quería que pasaran un rato agradable a la luz de la luna, comiendo una deliciosa cena preparada especialmente para cada comensal. 

Contentos estaban los invitados de asistir a una fiesta del gran hombre de fuego, y como siempre se aseguraron de no invitar al hornero….  pero cuando pasaban sigilosos por donde el ave había construido su hogar, al quirquincho le dio picazón de nariz…. Insistentemente intentó contener su estornudo, tapando su boca con las manos lo mas que pudo… y cuando pensaba que lo había logrado…. ¡AAAAACHUS!!! Se escuchó tan fuerte que hasta los árboles se espantaron… y el hornero no fue la excepción, él también despertó, los vio tan bien vestidos, que de inmediato supo que iban a una fiesta.

Insistió tanto en querer ir, que la avispa, sin más remedio aceptó que los acompañara, no sin antes hacerlo prometer que no se reiría, bajo ninguna circunstancia de Itoj Pajla, pues su mal carácter era conocido por todos.

El hornero, o “Alonsito” tenía tantas ganas de ir, que aceptó, y partieron todos rumbo a la gran cena.
Los animales estaban asustados… nadie quería conocer la furia del hombre de fuego.

Al llegar a esa enorme mansión, Itoj Pajla estaba sentado y cada uno de los animales le pasaba su olla, entonces el las ponía sobre sus rodillas y de este modo el agua de la olla no tardaba en hervir.
 El hornero estaba alrededor del Hombre de Fuego junto con los otros animales. 

El suri era uno de los mas preocupados, y no dejaba de advertirle al pájaro que no debía reírse, aunque este ya le había asegurado, le había prometido mil veces que no lo haría.

Había un gran silencio en el lugar. El hornero miraba con asombro al Hombre de Fuego, sorprendido ya que este tenía todo el cuerpo cubierto de llamas, y lo miraba con tanto, tanto, tanto detalle, que se fijó que incluso que las partes íntimas de itoj pajla estaban llenas de fuego, y adivinen que….  ya no pudo contener la risa.

-¿Quién se ríe de mí? -quiso saber el Itoj Pajla.
-Ahora se va a quemar todo el mundo.

Y comenzó a lanzar fuego mientras todos huían. Las llamas se extendieron por todas partes, persiguiendo a los animales. La tortuga alcanzó a meterse en el agua y el fuego le pasó por encima. Los demás corrían hacia el mar. El suri y la chuña fueron los primeros en llegar. Parecía que el fuego ya alcanzaba a los otros, pero también llegaron a tiempo y se metieron en el océano.

El hornero tenía la culpa de eso, pero hasta hoy sigue riéndose.

La tortuga se quedó en el mar, convirtiéndose en la tortuga de agua.

Antes la gente no tenía fuego. Sólo Itoj Pajla lo tenía. Pero luego del incendio el fuego quedó en los árboles. 
Ahora sabemos, que si el hornero no se hubiera reído, nosotros no tendríamos fuego. 




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Kamshout y el otoño, el origen de los loros (Leyenda Ona, Selknam)






Kamshout y el otoño
El origen de los loros (Leyenda Ona)

   Dicen… dicen que alguien dijo, que en los primeros tiempos, los bosques siempre estaban verdes porque los árboles jamás perdían las hojas, ni cambiaban de color al llegar el otoño.

   En aquella época ,en lo que hoy conocemos con Tierra del Fuego, vivía un pueblo conocido como los Onas. En ese pueblo había… vivía  un joven llamado Kamshout al que le gustaba mucho viajar y conocer nuevas tierras.

Cierto día, Kamshout partió para realizar un viaje a tierras lejanas.

   Pero comenzó a pasar el tiempo, mucho, mucho más tiempo de lo esperado, y el joven no regresaba, todos extrañaban a este muchacho y además extrañaban las historias que él contaba tras cada viaje.

   Y fue así, como con el transcurrir de las lunas, muchas más de las que deberían haber pasado, y al ver que no volvía. su familia y amigos pensaron que Kamshout…. Que Kamshout había muerto..

   Por bastante tiempo la aldea estuvo triste, extrañando al joven aventurero.
Sin embargo, cuando ya nadie lo esperaba, Kamshout apareció feliz y con muchísimas anécdotas para relatarles a sus amigos.

   El viajero esperaba que llegara la noche, y allí, alrededor del fuego les comentaba los detalles del último viaje.

  fue así como les describió los pormenores de su extensa caminata y también les contó que había descubierto un lugar mágico, que si bien estaba muy alejado de su pueblo, había valido la pena visitarlo por la enorme belleza del lugar.

   Kamshout les dijo que ese sitio, poblado de hermosísimos bosques, daba la impresión de no terminar jamás, y además les contó que los árboles perdían las hojas al llegar el otoño hasta dar la apariencia de estar totalmente muertos.

   Pero con la llegada de la primavera, y con los primeros calorcitos, pequeños brotes aparecían  hasta renacer con hermosos tonos verdes, es decir, que todo volvía a brotar como por arte de magia.

   Nadie… nadie le creía esa historia y Kamshout debió soportar, lamentablemente debió soportar que todos se burlaran de él.

   El joven viajero, desilusionado, triste y muy enojado decidió irse para siempre, así fue como se internó en el bosque y ya nadie… nadie lo volvió a ver.

Mientras se perdía, caminando por los árboles, repetía una y otra vez las historias que tanto le fascinaron en su viaje.   

Pasaba el tiempo y el joven Kamshout, de tanto repetir, repetir y repetir las mismas historias, se fue convirtiendo en un pájaro, cuyas plumas eran verdes y amarillas por el lomo, y rojas en su pecho. Su pico era ganchudo, se había, mágicamente se había transformado en  un loro y había regresado para darles a todos los incrédulos un escarmiento.

   Tiempo después, regresó a su aldea, convertido en esa preciosa ave… ¿para que? Para darle un escarmiento a todos aquellos que alguna vez se burlaron de él. 

Cuando llegó el otoño, el pajarraco comenzó…comenzó a revolotear de árbol en árbol, y al rozarles, con sus plumas rojas los fue tiñendo de rojo, a todas las hojas. 
.
   Una vez coloreadas las hojas comenzaron a caer. Y entonces todo el pueblo comenzó a preocuparse, pensaban que los árboles iban a morir.

   Ahora Kamshout era el que se mataba de risa, era él, el que disfrutaba.

   Con el transcurrir de las lunas, llegó la primavera y las ramas de los árboles comenzaron a cubrirse con pequeños y apiñados brotecitos verdes.

   ¡Qué grande fue la sorpresa al comprobar que Kamshout no había mentido!

 Desde esos tiempos los loros se reúnen en grupos en las ramas de los árboles y emiten unos característicos chillidos para reírse de los incrédulos.

   Dicen que Kamshout vuelve cada cierto tiempo con su familia a posarse en esos árboles, llenando de vida y color, la preciosa, Tierra del Fuego



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La Yacumama



En lo profundo de la selva amazónica del Perú, en una casi impenetrable selva, existe un apacible lago atrapado por ramas, hojas y arboles…

Dicen que a alguien o tal vez algo, no le gusta ser visitado por los hombres y mujeres.

Ese lago, simula ser sumamente tranquilo, apacible, un remanso de paz.

Quienes han llegado a él, los pocos que han vuelto….cuentan que ese lago tiene una "madre" y que ella celosamente cuida ese lugar, persiguiendo sin piedad al que por desgracia se atreve a pescar en sus aguas.



Dicen que cierto día, un pescador llegó a ese lugar, siguiendo el curso de un riachuelo… desde el primer momento que lo vio, se sintió feliz, pues, creía que era el único que había podido navegar esas aguas.

Al entrar en el lago, lo primero que hizo fue ubicar un lugar para arrojar sus redes y aunque se sentía intrigado por el movimiento del agua, siguió remando confiado; pero el vaivén continuo de su canoa, siguió preocupándose hasta que sintió que algo salía del fondo del lago.

Rápidamente volvió para averiguar qué era eso, y vio una terrible cabeza, suspendida a casi un metro de altura sobre el agua moviendo su monstruosa figura, como la de la una enorme serpiente, con grandes orejas, que lo seguía furiosa, mientras sacaba su puntiaguda lengua.

Inmediatamente dio vuelta su canoa, metió su remo con fuerza hasta el fondo del agua para impulsarse mejor y en esos instantes apremiantes, para colmo de males, notó que las plantas de la orilla venían a su encuentro, cerrándole el paso como si obedecieran a no sé qué designio….

Terriblemente asustado, giró su cabeza para ver que ocurría con la fiera y comprobó que ella le perseguía a toda velocidad.

En ese momento, aterrorizado levantó sus ojos al cielo y clamó ayuda al Dios todo poderoso, resignado, pensando que él no ya no podía hacer nada para librarse con vida de ese espantoso monstruo.

Al parecer el Señor escuchó su súplica, porque inexplicablemente cayeron al lago cuatro sachavacas peleando y mordiéndose como fieras, produciendo un tremendo ruido.

Ese terrible estruendo asustó a esa serpiente, que no era otra cosa que la terrible Yacumama, la madre de agua, que velozmente se sumergió en su lago.





Incomprensiblemente, las plantas acuáticas también volvieron a su posición original y todo quedó en calma, pues hasta las sachavacas se escaparon viendo a la horrible Yacumama.

El pescador que advertía estupefacto todo cuanto sucedía, no quiso perder un segundo más, y se alejó de este fatídico lago, antes que la Yacumama le cerrara el paso nuevamente.

Lamentablemente no llevó ni un solo pez y además perdió sus redes, "la madre" del lago no quiso regalarle los peces a este hombre, peces que ella cuida como una madre.

Se cuenta que cuando alguna persona común se acerca a las orillas y entra en esos lagos encantados, se desata sorpresivamente una tormenta infernal que hace zozobrar la embarcación y la persona se ahoga irremediablemente.





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Manco Capac y Mama Oclla

Manco Capac y Mama Oclla



Se dice que en la región al norte del lago Titicaca vivían los hombres y mujeres como animales salvajes, como bestias, ya que no contaban con ningún tipo de organización que los pudiera unir como pueblo, como seres humanos … no tenían religión, no contaban con leyes, ni siquiera tenían una ciudad en común.
Estas personas no sabían cómo producir su propio alimento, pues ignoraban las técnicas de la agricultura, además caminaban desnudos y descalzos, pues tampoco conocían la textilería. 
Vivian en cavernas y se alimentaban con lo que encontrasen, ya fueran plantas, carne de animales muertos, frutos salvajes, entre otras cosas.
Cierto día, el buen dios Inti, señor del sol, se percató de la forma miserable en que vivían estos seres humanos y decidió enseñarles las diversas artes necesarias para llevar una vida digna. Así, Inti pidió a Ayar Manco, su hijo primogénito; y a Mama Ocllo, hermana de Ayar Manco, bajar a la tierra con el fin de edificar un poderoso imperio.


 Ayar Manco, llamado también Manco Capac, antes tuvo que fundar una ciudad, la cual sería el centro del mundo. Su padre, el dios Inti, le proporcionó una vara de oro para que buscara la tierra prometida. Les recomendó viajar hacia el norte del lago Titicaca y hundir el bastón de oro en las tierras por donde pasaran hasta encontrar el lugar en donde se hunda la vara con facilidad y allí fundar la ciudad del Cusco en donde dirigirían su imperio. 
Al llegar a una región norteña del Lago Titicaca, fueron vistos por los lugareños quienes los confundieron con dioses debido al brillo de sus vestimentas y joyas. 
Pasaban los días y Manco Capac no hallaba la tierra en donde el bastón se hundiese con facilidad. 
Pero un día al llegar a un valle majestuoso acordonado por bellas montañas,la vara de oro se enterró en el suelo ante el asombro de Manco Capac y Mama Ocllo. Es así como supieron que ese lugar debería convertirse en la capital del Imperio de los Incas y ombligo del mundo.


Manco Capac prontamente emprendió la tarea civilizadora en el valle del Cusco. Enseñó a los hombres la agricultura, la pesca, la construcción de viviendas, las ciencias, la religión, entre otras cosas. Mama Ocllo tuvo la tarea de capacitar, enseñar a las mujeres las labores domésticas y de tejido para crear vestimentas que los cubran de su desnudez. Manco Capac junto a Mama Ocllo fueron los fundadores del imperio que luego harían grande sus descendientes.



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El cura sin cabeza, relatos peruanos


Las campanadas de la iglesia terminaban de sonar, y trágicamente anunciaban la medianoche.
Una tensa calma cubría el pequeño pueblo de Tambo, una oscura tranquilidad, que ponía los pelos de punta y asustaba incluso a los más valientes.

La espesa niebla, como todas las noches, comenzaba a comerse las calles, como si de un hambriento demonio se tratase, buscando algo, lo que fuera para engullir…

Nadie parecía haberse olvidado de no estar en las calles, cada de uno de los habitantes de Tambo, permanecía oculto, a resguardo en sus hogares.

La vieja iglesia, como un viejo que se levanta después de varios días, crujía, sonaba, y parecía derrumbarse… Pero no se cae, si no todo lo contrario, parece cobrar vida.

Puertas cerradas, puertas que nunca nadie jamás pudo abrir, velas encendidas como por arte de magia, y dentro de la tétrica iglesia, parecía llevarse a cabo una misa, en la soledad de la noche…

Hasta que de pronto, sin aviso, sin espera, sin piedad por las personas aterradas en sus casas, las puertas se abrían de par en par, velas que se apagaban misteriosamente una tras otra, y la niebla, esa espesa niebla que cubría las calles, comenzaba a rodear por completo la iglesia…


Se dice, que hace años atrás, un valiente, o quizás incrédulo joven se atrevió a mirar por las ventanas de la iglesia justo cuando las puertas se cerraban, al otro día, contó haber visto encendidas las velas del altar mayor que iluminaban la macabra figura de un sacerdote sin cabeza, el cual, revestido de los ornamentos sagrados, rezaba la misa …. Dicen que, a la noche siguiente, y luego de contarle al pueblo completo lo que había visto, la niebla se dirigió a su hogar, lo buscó y lo buscó, hasta que lo dio con él…. Y lo abrazó…  nunca más volvió a ser el mismo… la locura tomó su cabeza y la dirigió hacia el sin sentido el resto de su miserable vida.


El pueblo hacía los más variados comentarios sobre lo que sucedía por las noches en la iglesia, pero la explicación predominante era que se trataba del alma en pena de un capellán de la iglesia, cuya vida estuvo llena de pecados… y que para expiarlos venia todas las noches a la capilla, encendía las luces del altar mayor, y allí, solo, en el templo vacío; sin acólito que responda a sus palabras ni fieles que le escuchen, celebraba el santo ritual de la misa.


Cuentan, que una tarde, oscureciendo ya, se rezaba una novena en la iglesia. Al terminar, los fieles salieron del templo, el cura y los monaguillos lo hicieron seguidamente, y el sacristán, después de haber dejado todo en orden, se marchó también, no sin antes haber cerrado la única puerta que tenía la iglesia.

Nadie notó que, dentro del templo, en un penumbroso e inadvertido rincón, había quedado un joven del pueblo, el que estaba profundamente dormido.

 Las horas pasaron, y llegada la media noche, las campanas comenzaron a sonar, entonces, hizo su aparición en el altar mayor el cura sin cabeza, que con mucha calma empezó a encender, una a una, todas las velas.
 El ruido de las campanas, y el resplandor de las velas despertó al joven dormido, quien levantó los ojos y quedó mudo, al ver la figura de un cura sin cabeza moviéndose tranquilo de un lado a otro.

Se incorporó el joven y, al ir teniendo conciencia cada vez más clara de lo que estaba pasando: las velas encendidas misteriosamente, la soledad del templo, las puertas perfectamente cerradas, comenzó a gritar y a golpear la puerta con los puños, pero ¿quién, a aquellas horas oiría sus llamadas? Incluso si lo escuchasen… ¿Quién se atrevería, osaría abrir las puertas de la iglesia a esas horas?

Una extraña voz, que salía no se sabía de dónde, musitaba oraciones latinas. Miró entonces el joven hacia el altar y vio al cura sin cabeza que le hacía ademán para que se acercase, al mismo tiempo que la voz extraña le decía:

- No temas, acércate. Quiero celebrar una misa y para esto necesito que alguien, aunque sea un solo fiel, la escuche. ¡Serás tú mi oyente!
Sobrecogido de espanto, el joven cayó de rodillas. Como en sueños oyó susurrar al sacerdote sin cabeza todas las oraciones de la misa.

Concluida ésta, el cura apagó las velas con la misma parsimonia con que las había encendido, y desapareció.
Al día siguiente, cuando abrieron la puerta de la iglesia, encontraron al joven tendido en el suelo cerca de la entrada. Enloquecido de terror, había corrido vertiginosamente hacia la puerta, tropezando violentamente en ella, cayendo en el suelo, sin sentido.
Cuando despertó, la locura, al igual que a aquel hombre que miró por la ventana, parecía haberlo consumido…. ¡pobre hombre!

Dicen, que desde aquella noche las ventanas de la iglesia no volvieron a iluminarse, el cura sin cabeza había desaparecido.

Sin embargo, no son pocos los que hablan, que una vez al año, justo este día, este mismo día en que escuchas esta historia, las campanas de la iglesia suenan, la iglesia cruje, las puertas cierran, las velas del altar mayor se encienden,   y una misa se realiza mientras los habitantes de Tambo permanecen ocultos en sus casas, esperando a que la noche se lleve al cura sin cabeza.




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