El origen de la Quinua, mitos y leyendas Aymaras

Dicen, que muy antiguamente la gente aymara tenia un don especial, uno tan magico, que no me lo vas a creer, pues cuentan, dicen que ellos podían encontrarse y conversar con las estrellas. 

De allí que cuentan que en aquellos tiempos, en las cercanías del Lago Titicaca, en la temporada en que las chacras empezaban a entregar sus primeros productos, allí cierto dia, un joven   aymara noto que  por las noches alguien arrancaba las matas de las papas, y, como era su responsabilidad cuídalas, una noche muy particular, en que la luna se encontraba enorme, casi besando la tierra, y brillante como los ojos del sol, decidió esperar al ladrón en medio de las plantaciones. 

Se oculto tras una enorme planta de papas, y espero pacientemente…. Pasaron las horas… y En algún recoveco de la noche pensó que el ladrón ya no aparecería, y cuando se aprestaba a volver a su hogar, cansado, con enormes ojeras, vio algo que lo hizo refregar sus ojos, pensando que quizás, estaba en el mas profundo de los sueños.

A lo lejos se divisaban varias jóvenes a las que nunca había visto, y una vez repuesto, y seguro de que no estaba soñando, corrió intentando apresar a todas esas ladronas de papas.

No tuvo tanta suerte como pensó, solo podía mirar impotente como una tras otra escapaban y desaparecían en el horizonte, sin embargo, cuando estaba pronta a escabullirse la ultima de las jóvenes, ella tropezó, cayendo al suelo, siendo atrapada por el joven. Ambos, tímidos ser miraban sin pronunciar palabra alguna.

Pensó en dejar escapar a la hermosa mujer, pero necesitaba que el ladrón, o la ladrona de papas, dejará de robar su preciado alimento, así, se pusieron en marcha en dirección al mallku, 

Ya era casi de amanecer, y mientras caminaban, timidos, sin hablar, y casi sin mirarse, la muchacha, 


comenzó a brillar, y de un momento a otro, se convirtió en una pequeña ave dorada, volando rápidamente en dirección a las estrellas, que resultaron ser las otras jóvenes que escaparon en el horizonte. 

El hombre no podía creer lo que estaba viendo, nuevamente paso por su mente la idea de que se trataba de un sueño, empapó su cara con agua fría, y al entender que lo que había vivido era real, muy real, se dirigió a su hogar, mientras intentaba no olvidar aquel rostro que al parecer, había robado su corazón. 

Al día siguiente, desesperado, fue donde el cóndor y arrodillado le suplico que le llevara donde las estrellas que habían huido de la tierra…  entonces el cóndor lo miró fijamente, y al ver que no podía persuadirlo de quedarse en la tierra lo tomó con sus garras, y condujo a donde estaba la joven estrella.

Al llegar al cielo, , ambos se reconocieron inmediatamente, y ya no querían volver separarse 

 Vivieron juntos entonces , y el joven era alimentado con un delicioso y dorado grano llamado quinua.

 Y dicen que pasó mucho tiempo, hasta que  cierto día, un día cualquiera, un dia como hoy,  el joven quiso regresar a la tierra, solo por un momento  para ver a sus padres, pues los extrañaba mucho. 

 La estrella,que ya no podía bajar a la tierra, envió quinua de regalo, la cual, hasta ese momento era desconocida en la tierra.  Desde entonces se siembra la quinua para que sirva de alimento al aimara, y los jóvenes aún están en el cielo como dos estrellas que se amaron ayer, se aman hoy, y se amaran siempre. 


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La leyenda del girasol (Guaraní)

Cuenta una vieja historia, que sobre las márgenes del río Paraguay se asentaba  una tribu cuyo cacique era un joven llamado Pirayú.


   Cerca de allí, en otra aldea vivía Mandió. Pirayú y Mandió habían crecido juntos y habían entablado una verdadera amistad, de allí que ambos pueblos solían intercambiar cotidianamente enceres y alimentos.


   Transcurrió el tiempo y Mandió se enamoró perdidamente de la hija de Pirayú.


   Mandió creía que si su amigo Pirayú le concedía la mano de su hija, los dos pueblos se unirían y serían uno solo.


   Cierto día, después de darle vuelta al asunto, Mandió decidió hablar con su amigo Pirayú, sobre los sentimientos que albergaba en su corazón.


   Pirayú escuchó a su amigo con preocupación y enseguida le confesó que ningún hombre podría esposar a su primogénita Carandaí porque ella le había ofrecido su vida a Cuarajhí, el Dios Sol.


   A lo que agregó: - no la has visto con tus propios ojos, no has visto que desde muy niña pasa horas y horas contemplándolo. Solo vive para él, debieras haberte dado cuenta cuán triste se pone los días nublados, agregó - Mandió tomó la respuesta como el peor desprecio y se alejó intespectivamente  prometiendo venganza.


   Pirayú nada pudo hacer y pensaba que Mandió en algún momento iba a castigar a su pueblo.


   Con el correr de los días, cierta tarde, mientras que Carandaí recorría el río en su pequeña canoa contemplando el Sol, divisó fuego en la aldea.


   La muchacha llena de desesperación, remó lo más fuerte que pudo pero las lenguas de fuego eran tan intensas, que Carandaí no podía desembarcar.


   Allí, en una herradura de la orilla estaba Mandió riendo con crueldad.


- ¡ pídele a tu Dios Sol, pídele a Cuarajhí que te libere de mí ! - le gritó Mandió. 


   La indiecita trémula, desesperada, aterrorizada le rogó a Cuarajhí que por favor no permitiese   que Mandió acabara con su pueblo y con ella.


   No había terminado de pronunciar sus súplicas, que un potente rayo luminoso bajó en torbellino, envolvió su bello y cobrizo cuerpo hasta hacerla desaparecer de la vista de Mandió.


   En el mismo lugar en que Carandaí había suplicado por clemencia brotó una planta esbelta, de flores doradas y que al igual que ella siempre de cara al cielo busca al Dios Sol. 




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Leyenda del Girasol, relato guaraní para niños


El sol, la luna, y los cazadores (leyenda wichi)


Cuenta una vieja historia, que hace varios siglos atrás, el señor sol y el señor luna eran muy buenos amigos, tanto, que. ambos vestían siempre de un precioso traje color amarillo dorado.
 dicen que cierto día, el señor sol pensó que a su cuerpo le faltaba brillo, y que, para brillar más, necesitaba flechas las que pondría alrededor de su cuerpo, asi, con esas puntas resplandecería como nunca antes.
Pero el no contaba con esas flechas, entonces se puso a pensar y recordó a una  tribu wichi que vivía en los alrededores de un rio, una valiente  tribu de cazadores que usaba frecuentemente arcos y flechas para buscar alimento.

Decidido a obtener las flechas que necesitaba para resplandecer en el cielo, ideó un plan para conseguirlas, sabía que Las mujeres del pueblo siempre iban al río en busca de agua para beber, así que llegó allí, se zambulló y se convirtió en un gordo pez dorado, su plan, era recibir las flechas en su enorme cuerpo, y luego escapar con ellas.
Enseguida vinieron las mujeres y vieron al dorado grandote que estaba
nadando allí, muy cerca de ellas, sacaron agua en silencio, no querían meter ruido para no espantar a ese delicioso pez, y luego  regresaron rápido para avisar a los varones lo que habían visto en el río.
Al escuchar lo que le contaron las mujeres, los hombres tomaron sus arcos y flechas, y salieron rápidamente en dirección al rio. 

 Cuando llegaron ¡todavía
estaba el gran pez dorado! Contentos decían: -“¡Qué suerte que tenemos! ¡Allí
está todavía!” y le empezaron uno tras otro a lanzar flechazos.
Cada vez que el pez recibía una flecha en su cuerpo, se movía un poco, si lograba aun moverse con facilidad, aguantaba la siguiente flecha y volvía a moverse, el momento en que sintió que tenia demasiadas flechas en su cuerpo y ya no podía nadar con destreza, se fue a la parte más profunda del rio, llevándose muchas, muchas flechas.
Los hombres
quedaron parados mirando cómo se llevaba sus flechas. De esta manera el señor
sol consiguió las flechas que tanto le hacían falta.

Mientras las colocaba en u cuerpo, aparecio su amigo el señor luna, y al ver como el sol aumentaba su resplandor con as flechas, le preguntó:
: -¿Cómo hiciste para conseguir
las?”.

El sol le respondió: “Tuve que convertirme en un pez grande en el río
donde las mujeres de los cazadores siempre sacan agua, allí me tiraron flechazos.
Aguanté hasta que conseguí las flechas que necesitaba y luego me escapé”

El señor luna, al escuchar lo que dijo su amigo, quiso hacer lo mismo, porque
él también quería brillar como su el sol   .
 Decidió entonces, convertirse en pez.

eso si, Su amigo el señor sol le dio un consejo: -“No permitas que te tiren muchas flechas,
después de cada flechazo tienes que moverte un poco y probar si es que vas a
poder escapar rápido…”
Entonces el señor luna se fue al río y se convirtió en un dorado grande. Al rato
vinieron las mujeres a buscar agua y vieron que estaba el enorme pez  otra vez.
Por eso volvieron rápido para avisar que el pez estaba allí nuevamente. Los hombres, con sus
arcos y flechas, partieron hacia el río, y empezaron a tirarle flechazos.
Pero el señor  luna no cumplió con el consejo que su amigo sol le había dado y cuando tuvo
muchas flechas y quiso escapar, ya no podía moverse.
Entonces los cazadores lo agarraron y lo llevaron para comerlo.

Su amigo sol lo estaba esperando en el cielo. Estaba muy preocupado.
Cuando pasó el mediodía se dio cuenta que algo había pasado.
Esa misma noche, se convirtió en un perro para seguir su olor y poder encontrarlo. Así fue que   llegó hasta el pueblo donde lo habían llevado.
Allí vio mucha gente que comía y dejaba los huesos tirados por todas partes.
El señor sol los amontonó y cuando los tuvo a todos, los arrojó para el cielo.
Es por eso que hoy la luna está arriba, y es del mismo color que los huesos del pez.

EL Quiñilhue, leyenda mapuche para niños

Hace mucho tiempo, en la zona del volcán Lanín, existían dos lof (comunidades), las cuales no eran muy amigas, debido a antiguas rencillas que no habían sido resultas.

Un día, el joven hijo del Lonco de un del lof y la hija del Lonco de la otra comunidad se enamoraron perdidamente.

 Sin embargo, dado el intenso rencor que existía entre las familias, no podían mostrar lo que ellos sentían.

Se veían a escondidas, siempre con el miedo a ser descubiertos, pero el amor era tan grande, que no podían parar de verse, entonces, cierta tarde tomaron la decidieron de irse lejos, muy lejos, donde nadie los pudiese encontrar.

Resulta que la  oscura noche en que se alejaban de ese lugar, la machi (autoridad religiosa), estaba junto al rahue (lugar sagrado)… y de repente, de la nada,  el tétrico graznido del pun triuque (chimango de la noche) rompió el profundo silencio del lugar. .
 La machi se estremeció, pues sabía que ese era un grito de mal presagio, malos, malos augurios.

Entonces miró a su alrededor y escuchó un ruido sospechoso. Observando atentamente, vio a la querida hija del Longco que escapaba sigilosamente con el hijo del Longco enemigo.
En ese momento la machi se dio cuenta que ese era el peligroso suceso anunciado por el ave agorero.

La machi creía que esa acción merecía ser castigada, pero antes de comunicar al padre la fuga de su hija, consultó con el pillán (fuerza superior intangible): – ¿Debo o no dar aviso de rapto al padre de la niña?

Mai (si) contestó el Pillán.

La machi corrió a la Ruca (casa) del Longco y e inmediatamente le conto lo que sus ojos habían observado.
 Enseguida se escuchó por segunda vez el alarmante grito del chimango de la noche.

El padre, muy enojado, ordenó la persecución y captura de los enamorados que pronto fueron apresados, juzgados y condenados a muerte.

Ambos jóvenes fueron atados a un poste.
Dicen, dicen, que ninguno sintió arrepentimiento, si tenían que morir mil veces por amarse, morirían mil veces entonces.
 Fue en ese momento, que, mientras los enamorados se miraban a los ojos, con lanzas y machetes, se lanzaron contra ellos, dándoles muerte a ambos.

Cuentan, que a la mañana siguiente, los verdugos, quedaron asombrados al ver que en el lugar del suplicio de los jóvenes enamorados, ellos ya no estaban, ahí mismo, habían nacido unas flores de pétalos anaranjados nunca vistas.

¡Quiñilhue! – gritaron los primeros que la vieron, y con ese nombre, “quiñilhue” se conoce la flor que produce una enredadera que se abraza y trepa por los árboles, como se abrazaron aquellos dos jóvenes enamorados.
Avergonzados y arrepentidos, se empezó a respetar esa flor, la que recibe el nombre de Mutisia por los blancos.
Las almas de los jóvenes amparados por la nguenechen (dueño de los seres humanos) se unieron nuevamente en el huenu mapu. Ahi se amaron por siempre, mientras la delicada flor de pétalos anaranjados nos recuerda el imposible amor de estos jóvenes, tristemente terminado por el injusto, y dañino odio.








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Leyenda Guaraní, el Irupé

A orillas del Paraná vivía el cacique Rubichá Tacú (Jefe Algarrobo), que gobernaba una tribu de hombres aguerridos y valientes mujeres.


Rubichá Tacú tenía una hija, Morotí (Blanca), joven y bella pero orgullosa y coqueta, novia de Pitá (Rojo), el guerrero más valiente de la tribu.

 Morotí y Pitá se querían mucho; pero el diablo, envidioso de la felicidad de los jóvenes, convencio a la india de una muy mala idea.

Cierto día, al caer la tarde, paseando por la orilla del río con otras doncellas, Morotí vio a Pitá que, en compañía de varios guerreros, se ejercitaba con el arco y las flechas.

Para demostrar a sus amigas cuánto la amaba Pitá y cómo satisfacía todos sus caprichos, arrojó su brazalete al fondo del rio, presumiendo que el gran amor que sentía el joven guerrero por ella, lo haría sacar su brazalete desde aquellas aguas.

Una de sus amigas intentó convencerla de no hacerlo, pues era muy peligroso y su enamorado podía morir en el intento.

Morotí rio burlescamente, estaba segura de que el mejor guerrero de la tribu, regresaría con el brazalete en muy poco tiempo. Fue entonces, que pidió a su amado, que sacara la preciada joya que había arrojado al rio.


Pitá, que quería mucho a su novia y la complacía siempre, se arrojó al agua seguro de volver, satisfaciendo así una vez más a su hermosa Morotí... Pero sucedió que los que quedaron en la orilla esperando ansiosos la vuelta de Pitá, empezaron a impacientarse, pues éste no volvía... ¿Qué podría haberle sucedido? ¿Habría quedado enredado entre las raíces de alguna planta? ¿Estaría herido?...
La bella mujer comenzó a sentirse culpable, y con los ojos llorosos, pidió que trajeran a Pegcoé, el hechicero, solo el seria capaz de ver lo que había pasado con Pitá.


Cuando el brujo llegó a la orilla del lago, todos los presentes guardaron silencio, esperando sus sabias palabras, y luego de mirar las profundas aguas del rio, dijo:

: — ¡Ya lo veo...! ¡Es él..., Pitá! ¡Está con I-Cuñá-Payé (hechicera de las aguas) en su hermoso palacio de oro y piedras preciosas!... ¡La Dueña de las Aguas quiere que se quede, y para ello le ofrece todas sus riquezas...! Pitá parece aceptar... . ¡Y tú, Morotí, por tu orgullo y tu coquetería eres la única culpable de la pérdida de nuestro mejor guerrero! —


La joven lloraba desconsolada, arrepentida de todo… pidió al brujo le mostrará lo que debía hacer para rescatar al joven Pitá.

Debes arrojarte al Paraná y traerlo tú misma a la superficie. ¡Tú debes arrancarlo del poder de la Dueña de las Aguas! – le respondio el viejo
Con una valentía pocas veces vista en ella, se arrojó a las aguas, que se abrieron para dejar pasar a la coqueta y orgullosa joven que, muy arrepentida, iba a salvar a su novio del poder de la Hechicera de las Aguas.

Toda la noche debieron esperar el regreso de los jóvenes. Se encendieron fuegos y se danzó a su alrededor para invocar a Tupá (Dios) y ahuyentar los malos espíritus. Los ancianos hacían conjuros vencedores del mal. Los guerreros y las doncellas bailaban danzas sagradas...

Ya amanecía cuando fue nuevamente consultado el Hechicero, que seguía fijamente Mirando las aguas, hasta que en un momento apuntó hacia el fondo del rio y dijo:

 — ¡Ya se han encontrado! ¡Morotí ha salvado a Pitá! ¡Ya vuelven abrazados a la superficie! ¡Ya vuelven!


En ese mismo instante, atónitos y maravillados, vieron aparecer en la superficie Del agua una hermosa flor de pétalos rojos y blancos. ¡Eran Morotí y Pitá que, así transformados, ofrecían al mundo su belleza y su perfume como símbolos de amor y arrepentimiento..



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El Árbol de sal (leyenda Mocoví)

Cuenta la leyenda que cuando Cotaá, el Dios del pueblo Mocoví (de Argentina), creó el mundo, quiso regalarle a los hombres una planta que sirviera de alimento.



Miró y observó bien la tierra, después de mucho pensar, creó el Iobec Mapic, (árbol de sal), una especie de helecho gigante que parece una palmera.

Lo esparció por las tierras donde vivían los mocovíes, y así se aseguró que no les faltara alimento.

Neepec, el diablo, como siempre, estaba espiando a ver qué hacía Cotaá, cuando vio el hermoso regalo que les había hecho a los hombres, sintió mucha envidia, entonces se propuso destruir la planta, para que no tuvieran con qué alimentarse. Pensó y pensó hasta que se le ocurrió una maldad, se elevó por los aires y fue volando movieshasta unas inmensas salinas.

Llenó un cántaro enorme con agua salada para arrojarlo sobre las matas, y así quemarlas con el salitre. Cotaá conocía muy bien las maldades de Neepec, descubrió el plan y lo esperó escondido entre las plantas.

Cuando lo vio volcar el agua sobre la selva, acarició la tierra, hundió en ella sus dedos suavemente y entonces las raíces absorbieron el agua.

La sal se mezcló con la savia y las hojas tomaron su sabor, las plantas no se murieron. Los mocovíes estaban preocupados, pensaron que habían perdido su alimento, pero Cotaá les mostró que la planta no había perdido su utilidad, como la savia ahora era salada, podían condimentar las carnes de los animales salvajes que cazaran y otros alimentos.

Y dicen que Neepec se fue por ahí a pensar otra maldad para vengarse.



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Treng Treng Vilú y Kaí Kaí Vilú (leyenda mapuche)

Cuentan los antiguos mapuches, que antes de los hombres habitasen la tierra, hubo una gran batalla entre dos pillán muy poderosos. Antü y Peripillan.

Dicen que esa batalla comenzó por celos, cuando antú eligio a kuyen como esposa…. Que las otras wangülén, no quedaron felices con esa elección,  y que peripillan alentaba ese descontento, pues el estaba celoso porque el brillo de antü no podía ser ennegrecido por el fuego…. Dicen ademas  que antü estaba celoso de peripillan porque su color dorado, no podía brillar en a oscuridad, como el fuego de peripillan…. dicen que en esa batalla se involucraron otros pillan  y otras wangülén…

Cuentan también que la batalla duro varios años, y que incluso los hijos de ambos pudieron crecer en medio de esa pelea, y que cuando estos hijos y fueron grandes, quisieron también pelear ellos esta batalla, pero Antü y Peripillan se enojaron tanto con ellos, que los mandaron de un golpe a la tierra, y  mientras caían, sus cuerpos fueron golpeando la mapu y formando montes, cerros, cráteres.

Dicen que al final esa batalla la gano Antú, y que quedo tan molesto, que arrojo a peripillan y a los otros pillan a la mapu, y los enterró mandándolos mas abajo de la tierra.

Dicen que las wangülén, lloraron suplicando el perdón de Antú, y que este las perdonó, pero les quito brillo, para que sea kuyen, la que brille mas que ninguna…. Y las lagrimas de las wangülén fueron tantas al ver su falta de brillo, que comenzaron a formar los ríos, los lagos, los mares.

Kuyen y la esposa del peripillan, lloraban al ver los cuerpos de sus hijos, y lloraron tanto, que Pu-Am, se apiado de ellas y revivio a sus hijos, pero sin devolverles su apariencia original, mas bien ahora serian dos gigantescas serpientes, kai kai filu y trentrenfilu, las que buscaron refugio en las profundidades del mapu, convirtiéndose en adversarias, al igual que sus padres.


Pasaron muchos años, hasta que el elche creo el primer hombre, que se sentía solo, y rogo a kuyen por una compañera. Kuyen bajo a la wangülén mas hermosa para que le hiciera compañía al hombre, y asi fueron poblando la mapu.

Pasaban los años y años… y cuentan los mayores que Koykoyfilú seguía en las profundidades de la tierra y fue donde su padre, Peripillán el abrasador. Y su padre quiso que él diera batalla.

Entonces Koykoyfilú empleó todas sus artes mágicas y las aguas empezaron a crecer, los mares salieron de sus lechos y comenzaron a subir inundando las playas, y meneó con violencia su enorme cola que no tiene fin y entonces todas las tierras del mapu temblaron violentamente. 

Por doquiera estuvieran, los hombres y las mujeres abandonaron sus frágiles ruka y apenas lograban caminar a causa de las violentas sacudidas del suelo, y tuvieron terror cuando vieron que las aguas de los mares empezaron a levantarse y a inundar cada cosa, animales morían ahogados, plantaciones se perdían, el miedo ya era parte de todos.
Los mapuches entonces buscaron refugio en los bosques: pero las aguas siguieron elevándose y taparon  los bosques. Los hombres entonces buscaron refugio en las alturas: pero las aguas siguieron elevándose y cubrieron las alturas donde muchos habían encontrado refugio. Cuentan los antiguos que aquellos hombres que más deseaban sobrevivir lo lograron, aúnque las aguas cubrieran las cumbres donde habían buscado refugio, porque Trentrenfilú los transformó en sumpall, que es un ser mitad humano, mitad pez, que habita y protege ríos y lagos . También cuentan los antiguos que muchos hombres quedaron helados por el terror y entonces se transformaron en mankial, es decir, estatuas de piedra.

Tren treng, comenzó a encovar su cuerpo, intentando elevarse para que no muerieran ahogados.
Pasaron mucho tiempo y Kai kai filu seguía dando coletazos al mar, y treng treng filu continuaba encorvándose, intentado salvar a los mapuches, y dicen que tan alto tuvo que llegar, que estuvieron a punto de  chocar con el sol, antü,  es por esa razón , que los mapuches tienen la piel oscura, porque el antú , el sol, los tostó. dicen también que otros tan cerca quedaron de antú, que se le quemaron los pelos de la cabeza, por eso, algunos hombres son calvos.


Trenng treng y kai kai filu pelearon por largo tiempo, dándose coletazos y gritos. Algunos hombres  y mujeres caian al mar, y treng treng en su afán por salvarlos los convirtió en kawel y así nació el pueblo marino de los kawelche.


Treng treng, hizo que los pocos mapuches que aun vivían, se ocultasen en una cueva. De este plan  se dio cuenta kai kai filu, y comenzó a subir por la ladera de la montaña intentando sacarlos de la cueva… , Pero Teng-treng estaba alerta y con un fuerte coletazo la desprendió de la ladera de la montaña y la arrojó al fondo del lago, junto con una roca, que le cayó encima y la aprisionó para siempre.

Inmediatamente dejó de llover; las aguas se aquietaron y pronto comenzaron a menguar, así que los mapuches que quedaban pudieron bajar de nuevo a los llanos. entonces hicieron un gran tanyi (canto) de agradecimiento a Treng-treng que los había salvado de,  Kai-kai filú.


Cuentan  que cada muchos miles de años, kai kai intenta escapar de la piedra que aun la mantiene prisionera, es ahí cuando se producen inundaciones, no tan grandes como en aquellos años,  pero que siempre Treng-Treng está atenta a lo que pasa (aunque parezca dormida y se la confunda con una montaña donde crecen árboles y todo) y viene enseguida para salvar a los hombres y mujeres del caos de la furiosa serpriente que duerme hasta el dia de hoy en el fondo del mar. 

La leyenda del calafate (versión Argentina)

Cuentan, que hace muchos años atrás, los tehuelches vivian en la Patagonia, por esa razón es que también se les conoce como patagones. 

Se dice que ellos eran los dueños originarios de la tierra.

Dicen al llegar el invierno, este era tan crudo, que debían  emigrar a pie hacia más al norte, buscando alimento y calor.

Y cierta vez, en una de esas largas caminatas, mientras buscaban un mejor lugar para vivir, una anciana curandera de la tribu llamada Koonex, no pudo seguir caminando debido a su avanzada edad. 

La vieja mujer entendió que no podía ser una carga para la tribu, por lo tanto, esperaría la muerte en ese lugar.

Fue entonces, como manda la tradición, que  las mujeres de la tribu comenzaron a confeccionar un toldo con pieles de guanaco,  añadiendo en el abundante leña y alimentos, para que la anciana, pasase sus últimos días con tranquilidad.

Luego de la triste pero inevitable despedida, Koonex, fijó sus ojos cansados a la lejanía, allá, donde la gente de su tribu desaparecía tras el filo de una meseta. No pudo evitar derramar algunas lágrimas… fue una triste, triste noche. 

Se habla, se cuenta que algunas avecillas notaron su tristeza, entonces la acompañaron por algún tiempo, sin embargo, a medida que el invierno avanzaba por la Patagonia, esas avecillas también comenzaron a buscar un lugar más cálido y con más alimento para sobrevivir.

Ahora sí, la anciana quedaba completamente sola. 

Un crudo invierno pasó por ese lugar, un eterno y cruel invierno…. Nadie podría sobrevivir a semejante castigo de la naturaleza… nadie…

pasaron muchos soles y muchas lunas, hasta que la llegada de la primavera trajo consigo los primeros brotes en los árboles, dando la bienvenida también a los alegres cantos de  las golondrinas, los chorlos, los chingolos y las charlatanas cotorras, que se posaban alegres en los cueros del hogar de koonex.

De pronto, y para sorpresa de muchos, incluido quien les habla, se escuchó la voz de la vieja curandera que, desde el interior del toldo, las reprendía por haberla dejado sola durante el riguroso y largo invierno. 

Un chingolito, tras la sorpresa, le respondió: - nos fuimos porque en otoño el alimento escasea, además de que en el invierno no tenemos lugar en donde abrigarnos- 

-Los comprendo-, respondió Koonex, -por eso, a partir de hoy tendrán alimento en otoño y abrigo en invierno, y así nunca me quedaré sola- luego la anciana quedo en silencio.

Una fuerte ráfaga de viento empujo con tal violencia el toldo, que  volteó los cueros que lo cubrían, y en el lugar de donde aquella voz apareció, no estaba koonex, pues se hallaba un hermoso arbusto espinoso, de perfumadas flores amarillas.

Al llegar el verano, las delicadas flores se hicieron fruto y antes del otoño comenzaron a madurar tomando un color adulzorado de un exquisito sabor.
Cuenta la leyenda que desde aquel día algunas aves no volvieron a emigrar más y las que se habían marchado, al enterarse de la noticia, regresaron para probar el nuevo y delicioso fruto del que quedaron prendados.

Fue así que los tehuelches, luego de regresar también lo probaron, adoptándolo para siempre y así desparramaron las semillas en toda la región adoptando la leyenda conocida hasta hoy como "el que come Calafate, siempre vuelve por más."



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El origen de la yerba mate (leyenda guaraní)

Cuentan los que saben, que cierta noche, Araí la nube intentaba convencer a Yací la luna para que bajaran un momento a la tierra, a la selva, para caminar y disfrutar del hermoso paisaje que siempre admiraban únicamente desde el cielo.

En un principio Yací, la luna, no estaba muy convencida, pero Araí, la nube, cuando quería, podía ser muy convincente.

Tanto insistió, que finalmente termino por convencerla y decidieron bajar a la Tierra en forma de dos hermosas mujeres.

Fascinadas estaban por la belleza de la selva, recorrían los sinuosos senderos entre la vegetación, encantadas con los colores, los olores, los sonidos de las aves, los insectos…. ¡Que preciosidad! Pensaban ambas.  Perplejas estaban observando un blanco y enorme búho, el que parecía brillar con la luz de las estrellas…  cuando de pronto un extraño y fuerte rugido las hizo saltar del espanto.
Atemorizadas miraban a todos lados Intentando averiguar de dónde provenía ese aterrador rugido. Con los ojos lagrimosos se acurrucaron a los pies de un frondoso árbol, mientras oían que algo se acercaba a paso firme por entre la vegetación, era nada más y nada menos que un enorme yaguareté, que se posó frente a ellas, amenazante con sus blancos colmillos y afiladas garras.

 A pesar del miedo, intentaron correr, pero la fiera les cortó el paso con un ágil salto.

Fua ahí cuando el yaguareté, de un salto, intentó abalanzarse sobre las muchachas, quienes solo atinaron a cerrar sus ojos, presintiendo lo peor… lo que no esperaba este animal, era que en el mismo instante en que daba el salto, una flecha surcó el aire, haciendo cantar el viento, hiriéndolo en un costado.

Era un viejo que en ese momento andaba por el lugar, vio el peligro que corrían las dos mujeres y sin perder tiempo disparó la flecha.

La bestia cayó herida, retorciéndose de dolor, pero… no había sido herida de muerte y enfurecida se abalanzó sobre su atacante, el que, con la destreza del mejor arquero, volvió a arrojarle otra flecha que le atravesó el corazón.

Ahora sí, el peligro había desaparecido. Yací y Araí habían recobrado sus primeras formas y ya estaban en el cielo convertidas en luna y nube.

 El viejo no las volvió a ver luego de lanzar la segunda flecha, volvió a su casa pensando que quizás, todo había sido una alucinación.

Sin embargo, esa noche mientras descansaba, Yací y Araí aparecieron en sus sueños y después de darse a conocer, agradecidas por su nobleza, le hicieron un regalo. En sus sueños le explicaron que cuando despertara, encontraría a su lado una planta, cuyas hojas debían ser tostadas para hacer una infusión. Esta bebida reconfortaría al cansado y tonificaría al débil.

El viejo despertó y, efectivamente, vio la planta a su lado.

Cosechó sus hojas y las tostó, tal como le habían dicho Yací y Araí. Aquella infusión era el mate, una bebida exquisita, símbolo de amistosa hermandad entre los hombres y mujeres, que hasta el día de hoy siguen disfrutando este delicioso ritual.


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El origen de la yerba mate (leyenda guaraní)


El robo del fuego, leyenda wichi




Hace mucho tiempo , después de que un incendio  quemara  toda  la  tierra,  los  árboles  volvieron  a crecer, todo volvió a ser como era antes menos una cosa. El sol, al ver el terrible incendio, estaba tan
enojado pensando que alguien había querido ponerse a su altura que dejó a los hombres sin fuego. No era fácil vivir así, sobre todo porque ya se habían acostumbrado a tenerlo.



Los hombres no tenían fuego, pero había alguien que se las había ingeniado para quedarse con una buena fogata encendida sin que el sol se diera cuenta. El dueño del fuego ahora era el Yaguareté. Justo el Yaguareté, malo como pocos, odioso y enemigo de los hombres.
Que él tuviera fuego era lo mismo que nada porque por más que los hombres le rogaran y rogaran, el Yaguareté no quería darles ni una brasita. Encima, si le rogaban mucho, parece que se fastidiaba y sus rugidos estremecían el monte. Tanto rogaron los hombres y tanto rugió el Yaguareté que los primeros decidieron mandar una delegación en representación de todos los animales para que tratara de
convencer al felino.

Todo fue en vano y tan en vano fue que los animales, como no pudieron por las buenas, decidieron robarle el fuego.
El primero en atreverse fue el Oculto,17 el más experto en cuevas de todo el monte. No bien le pidieron ayuda, ahí nomás planeó hacer un hoyo largo en la tierra que empezara donde el Yaguareté no pudiera verlo y terminara justito en la fogata. La idea era asomarse despacio, robar una brasa y volver sin dejar rastro. Parecía un plan perfecto, pero no dio resultado. El Oculto hizo ruido, el Yaguareté lo escuchó y lo esperó para darle un zarpazo. El Oculto quedó todo magullado y con el hocico chato.
Cuando el Oculto llegó malherido y con las manos vacías adonde estaban los otros animales, grande fue la decepción de todos. Fue el Conejo, entonces, quien se ofreció para tan arriesgada prueba. Pensó que de nada valdría querer acercarse sin que el Yaguareté lo viera porque, hiciera lo que hiciera, el dueño del fuego era muy astuto, tenía vista de lince y oído finísimo. Así que decidió acercarse con algún pretexto. Después de haber pensado mucho y sabiendo de antemano que el Yaguareté siempre estaba hambriento, decidió acercarse ofreciéndole algo rico para comer. Con ayuda de la Garza consiguió unos pescados y fue a verlo. El Yaguareté enseguida olfateó el pescado y lo dejó acercarse.

—Dejalo ahí y andate nomás —le dijo. Pero el Conejo insistió en cocinarlo para que su regalo fuera completo. Se acercó al fuego, abrió al medio los pescados, los puso sobre una rama verde y cada tanto los acomodaba para que se fueran cocinando parejitos. 

Tanto tardaba que el Yaguareté bostezaba de aburrimiento. Aprovechando su distracción, el Conejo apoyó sobre las brasas la cola de una mojarrita a la que se le pegó una brasa pequeña. Rápido el conejo la sacó del fuego, la puso debajo de su mandíbula y salió corriendo.

 Cuando el Yaguareté se dio cuenta del engaño, saltó como un rayo y se puso a correr detrás del Conejo. Casi lo alcanza pero, al verse acorralado, el Conejo tiró a los yuyos secos la brasita, que se convirtió rápidamente en llamarada y creció y creció y creció hasta incendiar el monte.

El Yaguareté, desesperado, aunque lo intentó, no pudo apagar el fuego. Los otros animales corrieron con ramas y cada uno se llevó un poquito de fuego para tener su propia fogata. El Yaguareté se quedó muy enojado, más intratable que antes. Y, a partir de entonces, tuvo las plantas de las patas secas, medio quemadas por haber tratado de apagar el fuego. Como recuerdo de esta aventura, el conejo del Chaco tiene una manchita blanca en la garganta, allí donde se quemó con la brasa que había robado. Dicen que desde entonces el fuego se metió dentro de los árboles y por eso se lo puede encontrar frotando dos ramitas.

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La leyenda del Chajá, leyenda guaraní

El anciano Aguará era el Cacique de una tribu guaraní. En su juventud, el valor y la fortaleza lo distinguieron entre todos; pero ahora, débil y enfermo, buscaba el consejo y el apoyo de su única hija, Taca, que con decisión acompañaba al padre en sus tareas de jefe.

Taca manejaba el arco con toda maestría, y en las partidas de caza, a ella correspondían las mejores piezas, constituyendo el trofeo de su arrojo ante el peligro. Todos la admiraban por su destreza y la querían por su bondad. Muchas veces había salvado a la tribu en momentos de peligro, reemplazando al padre que, por la edad y por la salud resentida, estaba incapacitado para hacerlo.

Aparte de todas estas condiciones, Taca era muy bella. De color moreno cobrizo su piel, tenía ojos negros y expresivos, y en su boca, de gesto decidido y enérgico, siempre brillaba una sonrisa. Dos largas trenzas negras le caían a los lados del rostro. Un tipoy cubría su cuerpo hasta los tobillos, y con una faja de colores que los guaraníes llamaban chumbé, lo ceñía a la cintura.

Las madres de la tribu acudían a ella cuando sus hijos se hallaban en peligro, seguras de encontrar el remedio que los salvara. Era la protectora dispuesta siempre a sacrificarse en beneficio de la tribu.

Los jóvenes admiraban su bondad y su belleza, y muchos solicitaron al Cacique el honor de casarse con tan hermosa doncella. Pero Taca rechazaba a todos. Su corazón no le pertenecía.

Ará-Naró, un valiente guerrero que en esos momentos se hallaba cazando en las selvas del norte, era su novio y pensaban casarse cuando él regresara. Entonces el viejo Cacique tendría, en su nuevo hijo, quien lo reemplazase en las tareas de jefe.

La vida de la tribu transcurría serena; pero un día, tres jóvenes: Petig, Carumbé y Pindó, que salieron en busca de miel de lechiguana, volvieron azorados trayendo una horrible noticia. Al llegar al bosque en busca de panales, cada uno de ellos había tomado una dirección distinta. Se hallaban entregados a la tarea, cuando oyeron gritos desgarradores. Era Petig, que, sin tiempo ni armas para defenderse, había sido atacado por un jaguar cebado con carne humana y nada pudieron hacer los compañeros para salvarlo, pues ya era tarde. El jaguar había dado muerte al indio y lo destrozaba con sus garras. Carumbé y Pindó no tuvieron más remedio que huir y ponerse a salvo. Así habían llegado, jadeantes y sudorosos, a dar cuenta de lo sucedido.

Esta noticia causó estupor y miedo en la tribu, pues hasta entonces ningún animal salvaje se había acercado al bosque donde ellos acostumbraban ir a buscar frutos de banano, de algarrobo y de mburucuyá, que les servían de alimento.

Desde ese día no hubo tranquilidad en la tribu. Se tomaron precauciones; pero el jaguar merodeaba continuamente y muchas fueron las víctimas del sanguinario animal.

El Consejo de Ancianos se reunió para tomar una determinación que pusiera fin a semejante amenaza de peligro para todos.

Y decidieron: era necesario dar muerte a quien tantas muertes había producido.

Para conseguirlo, un grupo de valientes debía buscar y hacer frente a la terrible fiera, hasta terminar con ella.

El Cacique aprobó la determinación de los Ancianos. Pidió a los jóvenes de la tribu que quisieran llevar a cabo esta empresa, se presentaran ante él.

Grande fue la sorpresa del jefe cuando vio aparecer en su toldo a un solo muchacho: Pirá-U.

De los demás, ninguno quiso exponer su vida.

Pirá-U sentía gran admiración y un gran reconocimiento hacia el viejo Cacique. En cierta ocasión, hacía muchos años, Aguará había salvado la vida de su padre, de quien era gran amigo. Fue un verdadero acto de heroísmo el cumplido por el valiente Cacique, con peligro de su propia vida.

Desde entonces, nada había que Pirá-U, agradecido, no hiciera por el viejo Aguará. Por eso, ésta era una espléndida oportunidad para demostrarlo. Él sería el encargado de librar a la tribu de tan terrible amenaza. Así fue que Pirá-Ú, sin ayuda de nadie, confiando en su valor y en la fuerza que le prestaba el agradecimiento, partió a cumplir tan temeraria empresa. Gran ansiedad reinó en la tribu al siguiente día. Todos esperaban al valiente muchacho, deseosos de verlo llegar con la piel del feroz enemigo.

Pero las esperanzas se desvanecieron. Pasó ese día y otros más y Pirá-U no regresó.

Había sido una nueva víctima del jaguar. Nuevamente se reunió el Consejo y nuevamente se pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero esta vez nadie respondió... nadie se presentó ante el Cacique. Era increíble que ellos que habían dado tantas veces pruebas de valor y de audacia, se mostraran tan cobardes en esta ocasión.

Taca, indignada, reunió al pueblo, y en términos duros y con ademán enérgico, les dijo:

Me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Segura estoy de que si Ará-Naró estuviera entre nosotros, él se encargaría de dar muerte al sanguinario animal. Pero en vista de que ninguno de vosotros es capaz de hacerlo, yo iré al bosque y yo traeré su piel. Vergüenza os dará reconocer que una mujer tuvo más valor que vosotros, cobardes!

Así diciendo entró en su toldo. El padre, que se hallaba postrado por la enfermedad, se oponía a que su hija llevara a cabo una empresa tan peligrosa.

- Hija mía -le dijo- tu decisión me honra y me demuestra una vez más que eres digna de tus antepasa­dos. Mi orgullo de padre es muy grande. Te quiero y te admiro; pero la tribu te necesita. Mi salud no me permite ser como antes y sin tu apoyo no podría gobernar.

Padre, los dioses me ayudarán y yo volveré triunfante. Si permitimos que el sanguinario animal continúe con sus desmanes no podremos llegar al bosquecillo en busca de alimentos, y la vida aquí será imposible.

Hija mía; otros deben dar muerte al jaguar. Tú eres necesaria en la tribu y no es muy seguro que te libres de morir entre las garras de la fiera.

Padre... tus súbditos han demostrado ser unos cobardes. Creen que el yaguareté es un enviado de Añá para terminar con nosotros, y temen enfrentarlo. Yo debo salvar a la tribu. ¡Permite que vaya, padre mío!

El anciano tuvo que acceder. Las razones que le daba su hija eran justas y claras ­ y no había otra manera de librarse de enemigo tan cruel.

Y Taca empezó los preparativos para ponerse en viaje ese mismo día al atardecer.

Cuando se disponía a partir, varios jóvenes trajeron la noticia de que los cazadores que partieran hacía una luna, se acercaban. Estaban a corta distancia de los toldos.

Fue para Taca una noticia que la lleno de placer y de esperanza. Entre los cazadores venía Ará-Ñaro, su novio, y él podría acompañarla para dar muerte al jaguar. Impacientes esperaban la llegada de los bravos cazadores, los que se presentaron cargados de innumerables animales muertos, pieles y plumas, conseguidos después de tantos sacrificios y de tantos peligros.

Fueron recibidos con gritos de alegría y de entusiasmo por toda la tribu que se había reunido cerca del toldo del Cacique. Junto a la entrada se encontraba éste con su hija Taca, rodeados por los ancianos del Consejo.

El viejo Aguará saludó con todo cariño a los valientes muchachos, que se apresuraron a poner a sus pies las piezas más hermosas.

- Ará-Naró, después de agasajar al Jefe, se dirigió a Taca, y como una prueba de su gran amor, le ofreció el presente que le tenía dedicado: una colección de las más vistosas y brillantes plumas de aves del paraíso, de tucán, de cisne, de garza y de flamenco. El gozo y la satisfacción se pintaron en el rostro de la doncella, que con una suave sonrisa agradeció el obsequio.

Después... cada uno se retiró a su toldo. Aguará, Taca y Ará-Naró quedaron solos. El sol se había ocultado detrás de los árboles del bosquecillo cercano. Un reflejo rojo y oro teñía las nubes, y como venido de lejos se oyó el grito lastimero del urutaú.

En ese momento, el viejo Cacique comunicó a Ará-Naró la decisión de su hija.

-Hijo mío- le dijo - un jaguar cebado con sangre humana ha hecho muchas víctimas entre nuestro pueblo. El primero fue Petig, que tomado desprevenido, murió deshecho por la fiera. Después Saeyú y otros que, confiados, fueron al bosque en busca de alimentos. Se decidió dar muerte al sanguinario animal; pero Pirá-Ú, encargado de ello, no ha vuelto. Fue, sin duda, una víctima más... Y ahora nadie quiere hacer frente a tan terrible enemigo. Todos le temen creyéndolo un enviado de Añá, imposible de vencer.

Taca, por su parte, ha decidido ser ella quien termine con el jaguar, y piensa partir ahora mismo.

-Taca, eso no es posible- dijo resuelto Ara-Ñaro-. Esa no es empresa para ti. Y los guerreros de nuestra tribu: ¿qué hacen? ¿Cómo permiten que una doncella los aventaje en valor y los reem­place en sus obligaciones?. -Los jóvenes temen a Añá, y no quieren atacar a quien creen su enviado. -Taca, ¡no irás! Seré yo quien dé muerte al jaguar, y su piel será una ofrenda más de mi amor hacia ti.

-No podrá ser, Ará-Ñaró. ¡He dado mi palabra y voy a cumplirla!... Dentro de un instante saldré en busca del jaguar, y cuando vuelva gritaré una vez más su cobardía a los súbditos del valiente Aguará.

-No has de ir sola, Taca. Espera unos instantes y yo te acompañaré.

­ Ya debo partir, Ará-Ñaro; “yahá!”…, “yahá!”…(¡vamos!, ¡vamos!).

Pronto se reunió Ará-Ñaró a su prometida, y cuando la luna envió su luz sobre la tierra, ellos marchaban en pos del enemigo de la tribu. La esperanza de terminar con él los alentaba. Cuando llegaron al bosque, Ará-Ñaró aconsejó prudencìa a su compañera, pero ella, en el deseo de terminar de una vez por todas con el carnívoro, adelantándose, lo animaba:

- “yahá!”…, “yahá!”…

Cerca de un ñandubay se detuvieron. Habían oído un rozamiento en la hierba. Supusieron que el jaguar estaba cerca. Y no se equivocaban. Saliendo de un matorral vieron dos puntos luminosos que parecían despedir fuego. Eran los ojos de la fiera, que buscaba a quienes pretendían hacerle frente. Con paso felino se iba acercando, cuando Ara­Naró, haciendo a un lado a su novia y obligándola á guarecerse detrás de un añoso árbol, se dirigió, decidido, hacia la fiera.

Fueron momentos trágicos los que se sucedieron. ¡El hombre y la fiera luchando por su vida! Ará-Naró era fuerte y valiente, pero el jaguar, con toda fiereza, lanzó un rugido salvaje. Taca, que desde su escondite seguía con ansiedad una lucha tan desigual, se estremeció.

Un zarpazo desgarró el cuello del valiente indio y lo arrojó a tierra. Con él rodó la fiera enfurecida y poderosa.

Taca dio un grito, y de un salto estuvo al lado del animal ensangrentado, que se trabó en pelea con su nueva atacante.

Pero fue en vano. En esa prueba de valientes, ninguno salió triunfante.

Taca, Ará-Ñaró y el jaguar pagaron con su vida el heroísmo que los llevó a la lucha.

Pasaron los días. En la tribu se tuvo el convencimiento de la muerte de los jóvenes prometidos.

-El viejo Cacique, cuya tristeza era cada vez mayor, fue consumiéndose día a día, hasta que Tupá, condolido de su desventura, le quitó la vida.

Todos lloraron al anciano Aguará, que había sido bueno y valiente, y de quien la tribu recibiera tantos beneficios.

Prepararon una gran urna de barro, y después de colocar en ella el cuerpo del Cacique, pusieron sus prendas y, como era costumbre, provisiones de comida y bebida.

En el momento de enterrarlo, en el lugar que le había servido de vivienda, una pareja de aves, hasta entonces desconocidas, hizo su aparición gritando: -- “yahá!”…, “yahá!”…

Eran Taca y Ará-Naró, que convertidos en aves por Tupá, volvían a la tribu de sus hermanos.

Ellos los habían librado del feroz enemigo, y desde ahora serían sus eternos guardianes, encargados de vigilar y dar aviso cuando vieran acercarse algún peligro.

Por eso, el chajá, como le decimos ahora, sigue cumpliendo el designio que le impusiera Tupá, y cuando advierte algo extraño, levanta el vuelo y da el grito de alerta: ; "Yahá!..., " "Yahá!"...



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La leyenda del Chajá, leyenda guaraní

El hombre y el rayo, leyenda Qom


Kasonkongá es la deidad Qom que tiene el poder del rayo. 

Vive en el cielo. Creen que manda a formar las nubes, pide a la serpiente arco iris que traiga los vientos a la tierra, castiga con granizo y, de tanto en tanto, se presenta ante los hombres tomando forma de viejita o de oso hormiguero.

Kasongongá es para los qom el rayo que cae a la tierra con la fuerza destructora de la naturaleza. Pero también es una deidad benefactora que, cuando se cruza con un indio, si este es obediente y cumplidor, le asegura buena pesca y abundancia para el resto de su vida.

Dicen que una vez un qom estaba cazando en el monte para llevar comida a su gente.

La tarde estaba tranquila, iluminada por los rayos del sol que se colaban entre los árboles.

El qom avanzaba por el monte cuando de pronto escuchó un gemido suave, largo, lastimoso. Se metió monte adentro para ver de qué se trataba siguiendo ese sonido que cada vez se hacía más fuerte cuando se encontró con un potai (oso hormiguero)

Inmediatamente, al estar frente a frente, le contó quién era y cómo había quedado atrapado en el tronco de aquel árbol. Le pidió ayuda, necesitaba liberarse y volver al cielo y solo un hombre que prendiera una fogata en su nombre podría ayudarlo.

Al principio, al cazador le costó creerlo. Pero cuando lo pensó un poquito mejor, recordó que la noche anterior se había desatado una terrible tormenta y que era posible que un rayo hubiera caído con toda su fuerza hasta que- dar atrapado en el tronco de un árbol.

Kasongongá le dijo que solo tenía que encender una gran fogata y que él se encargaría del resto.
El cazador, obediente, juntó todas las ramitas y hojas secas que pudo y armó una gran fogata. Cuando las llamas de la hoguera se elevaron en lo alto, Kason- gongá comenzó a elevarse con el humo y desde lo alto le habló al cazador de este modo:

—Ahora podés irte a tu casa. Rápido, porque en poco tiempo se desatará en el monte una gran tormenta. Para agradecerte lo que hiciste por mí, te pro- meto que nunca te faltará alimento y que serás un experto cazador.
Dicho esto, Kasongongá se confundió con el humo, se elevó al cielo y desapareció. Tal como lo había anunciado, empezó a llover fuerte en el monte. Los relámpagos iluminaban la noche. El Rayo estaba festejando el regreso a su casa.


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La piedra que cura el mal de amores (Ancash)



En las alturas del pueblo de Huacllán, en el lugar
denominado Hualla, habitaba la tribu de los indios huallas,

El curaca de la tribu tenía
una hija muy hermosa llamada Ninfa, quien contrajo
matrimonio con un hombre no muy agraciado, sin embargo, a pesar de no ser muy hermoso, se respetaban y amaban con todo el amor del mundo. 

Este matrimonio nunca fue del agrado de su padre, el curaca, pues sentía vergüenza de que su hermosa hija estuviera casada con ese hombre. 

Dicen, que cierto día, el curaca invitó a su hijo político a celebrar la buena fortuna de los dioses, pero esto era solo una excusa para algo horrible… mientras bebían, puso veneno en la bebida del desafortunado hombre…. El que empezó poco a poco a desvanecerse, cayendo en un profundo sueño…. Del que jamás despertó. 

El malvado jefe de la tribu llevó por la noche el cuerpo de su yerno cerca de las montañas, para que los pumas se deshicieran de él. 

Al otro día, diciendo que nada sabia de su esposo, llevó a Ninfa a un pequeño paseo, en donde encontraron los restos del muchacho, a medio comer por los pumas. 

Ninfa no podía creerlo… el amor de vida se había ido para siempre… Entonces salió corriendo en dirección a la costa, sin saber que hacer, sin saber que sería de su vida de ahora en adelante. 

Cuando llevaba recorrido apenas tres kilómetros, a la altura de
Cuta-Cocha, en las inmediaciones de la parte superior de
Huacllán, le dio el mal de corazón, o el mal de amores, como le llaman, porque sentía mucha pena por
la muerte inesperada de su esposo. 

Tanto dolor sentía en su corazón, en su alma, que no pudo continuar el viaje, y se quedó en ese sitio, donde hizo construir su casa. 


Había pasado un tiempo, cuando uno de los incas, al hacer su recorrido por esos lugares,
llegó a la casa de Ninfa y ella, con el corazón adolorido,
le contó lo que padecía y la causa de su mal. 

El inca,
que era muy generoso, al ver su rostro angelical, le ofreció
mandar traer una piedra de la ciudad de Quito para
que tomara un pedacito de ella en infusión y sanase del
shonco-nané («mal o dolor de corazón»). 

Y En efecto, así
lo hizo, La piedra fue colocada junto a la casa de Ninfa,
quien cada vez que le dolía el corazón tomaba en infusión
un pedacito de ella, y también repartía entre las personas
que sufrían de ese mal. 

Dicha piedra aún existe en ese lugar. Pero año tras año
se va achicando, porque las gentes que conocen la virtud
que encierra se llevan siempre un pedacito de ella.






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Leyenda Tehuelche, Kóoch: el creador



“KÓOCH, EL CREADOR”


Al principio únicamente existía Kóoch. Así llamaban los Tehuelches a Dios.



Kóoch era eterno, existía desde siempre. Vivía solo, en medio de una inmensa oscuridad, porque aún no había creado el sol ni las estrellas. Sucedió que al sentirse en tan completa soledad, una gran tristeza invadió su ser y le dieron ganas de llorar. 

Y lloró, lloró y lloró… ¿Cuánto tiempo? Imposible decirlo porque aún no existía el sol ni la luna para contar los días, meses y años. 

Tanto lloró que sus infinitas lágrimas formaron el mar inmenso, el océano. 

Cansado ya de llorar suspiró profundamente, como te pasa a ti después de haber llorado mucho, y ese hondo suspiro de Kóoch produjo a Xóshem, el primer viento que hubo en el universo. 

Un viento muy fuerte que empezó a barrer las tinieblas y a mover las aguas del mar levantando grandes olas.

 Al escuchar el bramar del viento y el tumulto impetuoso del mar, Kóoch quiso ver bien lo que pasaba y levantó un brazo a través de la oscuridad y con su mano produjo una enorme chispa, creando así al sol; Xáleshen, lo llamaban los Tehuelches.


Xáleshen se puso enseguida a calentar. Al calentarse el agua del mar se evaporó y se formaron las nubes que el viento empezó a llevar de un lado para otro. 

Como el viento era muy fuerte, las nubes corrían como locas por todas partes, se juntaban y chocaban entre sí. Así nacieron las tormentas y Karut, el trueno que acompaña a los relámpagos y rayos.
 Después de mucho tiempo se calmó el viento y las nubes descansaron tranquilas. 

Kóoch creó luego una inmensa isla en medio del océano y allí fue haciendo surgir la vida vegetal y animal y vio que era perfecto y bueno lo que había hecho: el sol iluminaba y daba calor a la tierra donde crecían toda clase de pastos y árboles que servían de alimento a los animales; las nubes dejaban caer su humedad en forma de lluvia que regaba las plantas y el viento se suavizó y solamente algunos días soplaba más fuerte. 

Durante el día era maravilloso, pero por las noches, cuando el sol se ocultaba, todo quedaba muy oscuro.

 A Kóoch la noche le traía el recuerdo de las tinieblas y la soledad del principio que lo hicieron llorar y por eso creó a Kéenyenkon, la luna, para que iluminara suavemente por las noches.


Contento con su obra de arte Kóoch se fue a través del océano.

 En su marcha creó otra tierra más allá del horizonte: la Patagonia. 

La luna y el sol no se conocían porque ella se levantaba cuando el sol ya se había acostado. 

Las nubes que estaban siempre en el cielo fueron las que les contaran de la existencia del otro. 

Fue así que el sol tuvo deseo de conocer a la luna y la luna de conocer al sol y comenzaron a espiarse: la luna se quedaba un poco más para ver salir al sol y el sol se apuraba para ver a la luna.

 Así se fueron enamorando y por fin decidieron casarse. El primer beso fue un eclipse total del sol.”




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La leyenda del ñanculahuen, leyenda mapuche



El gran cacique Loncopan está enfermo. Toda la tribu está profundamente apenada por la terrible enfermedad que posiblemente le quite a su líder. La fuerza y la astucia de su bello y fornido cuerpo han desaparecido. Está postrado en su catrera  sin poder moverse. Los intentos de curación fueron en vano: ni los remedios ni el Nguillatun  en el que rogaron a Nguenechen  por él, surtieron efectos sobre su perniciosa enfermedad.

Loncopan es adorado y respetado por sus súbditos. No sólo por su valentía y destreza en la caza y la guerra, sino también por la bondad, sabiduría y justicia con que gobierna la tribu. Ya no se puede hacer nada. Sólo queda ir a buscar a una machi  que vive entre los cipreses y alerces del espeso bosque. Es la última esperanza, todavía confían en que sus hierbas y exorcismos sagrados puedan curar el terrible padecimiento que lo está arrastrando a la muerte.

La machi entra en la ruca y ve, al lado derecho de Loncopan, a una mujer hermosa. Es Pilmaiquen, la esposa del enfermo. Tiene los ojos llenos de lágrimas y está desesperada. Le ha pedido a Nguenechen que tome su vida a cambio de la de su esposo.

La machi comienza su rito haciendo conjuros. Entre convulsiones, gritos y gestos grotescos exclama en una agitación:

"Ñancu... Ñanculahuen".
(aguilucho blanco... hierba en las cumbres de las montañas, p.260)

Los presentes se estremecen. Pilmaiquen ahoga un grito en su pecho. El ñanculahuen  es una hierba que crece en las cumbres de las montañas. Además, está celosamente custodiada por el ñancu, el aguilucho blanco. Todo aquel que se atreva  a apoderarse de la hierba sufrirá espantosos peligros. Sin embargo, la valiente esposa exclama, sin titubear  un momento:

"Yo iré a buscar el ñanculahuen."

Se acerca a la cama de su esposo y le promete:

"Yo te traeré la hierba. En tres días estaré aquí."

Inútil es convencerla de que no emprenda la imposible aventura. Pilmaiquen parte decidida con rumbo fijo: las montañas. Todos quedan aterrados cuando la machi les dice: "Ha ido a buscar el ñanculahuen."

Pilmaiquen se interna por senderos sólo transitados por animales. Es el único modo de llegar a la cordillera nevada. El viento helado le azota la cara. Las piedras y espinas cortantes le lastiman los pies. Pero nada es más fuerte que el inconmensurable amor que siente por su esposo. Eso le da ánimo y le permite soportar los sufrimientos con algo de alegría.

Su alimento son los piñones del pehuen  y, por las noches, duerme debajo de las lengas (haya del sur  achaparradas de las altas cumbres. Al segundo día llega a los dominios del ñancu (aguilucho blanco) el lugar donde crece la hierba que curará a su amado esposo. Agotada , se sienta sobre una roca a descansar. De repente, sus ojos divisan  un ave blanca que se posa en una roca cercana a la de ella. La mirada del ñancu es penetrante, y con un fuerte bramido exclama:

"¿Qué has venido a buscar?"

"Mi esposo se está muriendo", responde Pilmaiquen. "¡dame la hierba que sana! Yo estoy dispuesta a dar mi vida por ella."

El ñancu acepta su sacrificio y le contesta:

"Por el amor que sientes por tu esposo, acepto tu ofrecimiento. Te daré la hierba que necesitas, pero a medida que tu esposo recupere la salud, tú perderás los movimientos y el habla. Sólo conservarás tus ojos sanos para que puedas ver la obra que has hecho, y serás la esposa más amada del mundo."

El aguilucho se va y, al rato, regresa con la hierba curativa entre sus garras. Pilmaiquen llora de felicidad.

Al tercer día de la partida, Pilmaiquen regresa con la hierba sagrada en sus manos, entre las muestras de asombro del resto de la tribu. De inmediato preparan la infusión con la sorprendente hierba y comienzan a lavar las heridas de su esposo, que lentamente va recuperando los movimientos. Al mismo tiempo, ella va perdiendo la movilidad y la palabra. Cuando Loncopan recupera su salud, pregunta por su esposa. La encuentra sentada cerca del bosque.

"¿Por qué estás aquí?", le pregunta. Al no poder hablar, Pilmaiquen estalla en un llanto. El cacique, angustiado, consulta a la machi.

"Tu mujer no volverá a hablar ni a moverse jamás. Ése es el costo de tu salvación."

En ese momento, Loncopan comprende cuánto lo ama Pilmaiquen



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La leyenda del picaflor, leyenda Guaraní


Cuentan los ancianos que el gran Tupá es justo y bueno cuando justa y buena es la intención de los hombres. Y la intención de Potí y Guanumby fue la más noble que existe en este mundo: amarse siempre y mucho, más allá del cielo y de la tierra, del tiempo y de la muerte, de la vida y de la humanidad.

Eran sus familias de tribus enemigas y hacía tanto tiempo que se odiaban que ya nadie conocía la razón. Cuentan que Potí era bella. Bella como el alba en primavera. Bella como el viento del atardecer que arrastra las hojas en otoño y alivia a los hombres del verano. Bella como el sol que acaricia los rostros y alumbra la sombra del invierno. A Guanumby no le costó enamorarse, y muy pronto Potí también lo amó.

Una y diez mil veces se encontraron más allá del monte blanco, bajo el sauce criollo, sin que nadie los viera. Pero un día la hermana de Potí sospechó. Sigilosa, la siguió hasta el monte y descubrió el secreto. Y enseguida se lo confió a su padre.

Al día siguiente, como siempre, Guanumby cruzó el monte blanco y esperó bajo el sauce. Pero Potí no llegó.  Desesperado, se acercó a la aldea, a riesgo de que lo mataran. Y encontró a Potí discutiendo fervorosamente con el cacique de su tribu:

─¡Jamás lo permitiré! ─le gritaba él.

─¡Estoy enamorada de Guanumby! ¡Debes entenderlo, padre!

─¡Nunca! Por la mañana te casarás con uno de los nuestros, y esa es mi última palabra.

Entonces Guanumby salió de su escondite. Como si hubieran podido ensayarlo una y diez mil veces gritaron al unísono, ante el horror del cacique:

─¡Oh, gran Tupá, no lo permitas!

Cuentan los ancianos que jamás se vio en la tierra otro prodigio igual. De pronto Potí y Guanumby vieron sus propios cuerpos, extrañados, como si ya no les pertenecieran. Potí se deshizo en un tallo pequeño pero firme y su piel se fue volviendo suave como un terciopelo: era una flor, una flor bellísima como ella misma lo había sido antes de que el gran Tupá la transformara.

Guanumby, al mismo tiempo, se volvió ligero como el aire: dos alas diminutas, casi transparentes y veloces lo mantuvieron en vuelo y, desesperado por encontrar a Potí, se alejó torpemente del lugar. Desde entonces la busca. Huele cada flor de cada monte de cada de cada aldea. Besa con su pico las corolas más bellas con la secreta esperanza de encontrarla. Cuentan que unos hombres lo vieron y quedaron extasiados por el color de sus plumas y la rapidez de sus movimientos.


─Picaflor ─lo nombraron, porque una y diez mil veces lo vieron escarbando con su pico el interior de las flores, ignorantes de que Guanumby solo busca los besos de su amada.


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Los Dioses de la luz, leyenda mapuche.



 Antes de que los Mapuches descubrieran como hacer el fuego, vivían en grutas de la montaña; "casa de piedra", las llamaban.


    

Temerosos de las erupciones volcánicas y de los cataclismos, sus dioses y sus demonios eran luminosos. Entre estos, el poderoso Cheruve. Cuando se enojaba, llovían piedras y ríos de lava. A veces el Cheruve caía del cielo en forma de aerolito.


    Los Mapuches creían que sus antepasados revivían en la bóveda del cielo nocturno. Cada estrella era un antiguo abuelo iluminado que cazaba avestruces entre las galaxias.



    El Sol y la Luna daban vida a la Tierra como dioses buenos. Los llamaban Padre y Madre. Cada vez que salía el Sol, los saludaban. La Luna, al parecer cada veintiocho días, dividía el tiempo en meses.



    Al no tener fuego, porque no sabían encenderlo, devoraban crudos sus alimentos; para abrigarse en tiempo frío, se apiñaban en las noches con sus animales, perros salvajes y llamas que habían domesticado.



    Tenían horror a la oscuridad, era sigo de enfermedad y muerte.



    Se imaginaban cosas terribles.



    En una de esas grutas vivía una familia: Caleu, el padre, Mallén, la madre y Licán, la hijita.



    Una noche, Caleu se atrevió a mirar el cielo de sus antepasados y vió un signo nuevo, extraño, en el poniente: una enorme estrella con una cabellera dorada.



    Preocupado, no dijo nada a su mujer y tampoco a los indios que vivían en las grutas cercanas.



    Aquella luz celestial se parecía a la de los volcanes, ¿traería desgracias?, ¿quemaría los bosques?. Aunque Caleu guardó silencio, no tardaron en verla los demás indios. Hicieron reuniones para discutir que podría significar el hermosos signo del cielo. Decidieron vigilar por turno junto a sus grutas.



    El verano estaba llegando a su fin y las mujeres subieron una mañana muy temprano a buscar frutos de los bosques para tener comida en el tiempo frío.



    Mallén y su hijita Licán treparon también a la montaña.



    -Traeremos piñones dorados y avellanas rojas -dijo Mallén.



    -Traeremos raíces y pepinos del copihue -agregó Licán



    La niña acompaño otras veces a su madre en estas excursiones y se sentía feliz.



    -Vuelvan antes de que caiga la noche -les advirtió Caleu.



    -Si nos sorprende la noche, nos refugiaremos en una gruta que hay allá arriba, en los bosques -lo tranquilizó Mallén.



    Las mujeres llevaban canastos tejidos con enredaderas. Parecía una procesión de choroyes, conversando y riendo todo el camino.



    Allá arriba había gigantescas araucarias que dejaban caer lluvias de piñones. Y los avellanos lucían sus frutas redondas, pequeñas, rojas unas, color violeta y negras otras, según iban madurando.



    No supieron cómo pasaron las horas. El Sol empezó a bajar y cuando se dieron cuenta, estaba por ocultarse.



    Asustadas, las mujeres se echaron los canastos a la espalda y tomaron a sus niños de la mano.



    -¡Bajemos, bajemos! -se gritaban unas a otras.



    -No tendremos tiempo. Nos pillará la noche y en la oscuridad nos perderemos para siempre -advirtió Mallén.



    -¿Qué haremos entonces? -dijo la abuela Collalla, que no por ser la más vieja, era la más valiente.



    -Yo sé donde hay una gruta por aquí cerca, no tenga miedo, abuela -dijo Mallén.



    Guió a las mujeres con sus niños por un sendero rocoso. Sin embargo, al llegar a la gruta, ya era de noche. Vieron en el cielo del poniente la gran estrella con su cola dorada.



    La abuela Collalla se asustó mucho. -Esa estrella nos trae un mensaje de nuestros antepasados que viven en la bóveda del cielo -exclamó.



    Licán se aferró a las faldas de su madre y lo mismo hicieron los demás niños.



    -Vamos, entremos a la gruta y dormiremos bien juntas para que se nos pase el miedo -dijo Mallén.



    -Eso sería lo mejor, murmuró Collalla, temblorosa.



    Ella conocía viejas historias, había visto reventarse volcanes, derrumbarse montañas, inundaciones, incendios de bosques enteros.



    No bien entraron a la gruta, un profundo ruido subterráneo las hizo abrazarse invocando al Sol y la Luna, sus espíritus protectores.



    Al ruido siguió un espantoso temblor que hizo caer cascajos del techo de la gruta. El grupo se arrinconó, aterrorizado.



    Cuando pasó el terremoto, la montaña siguió estremeciéndose como el cuerpo de un animal nervioso.



    Las mujeres palparon a sus hijos, no, nadie estaba herido. Respiraron un poco y miraron hacia las boca blanquecina de la gruta: por delante de ella cayó una lluvia de piedras que al chocar echaban chispas.



    -¡Miren! -gritó Collalla. ¡Piedras de luz! Nuestros antepasados nos mandan este regalo.



    Cómo luciérnagas de un instante, las piedras rodaron cerro abajo y con sus chispas encendieron un enorme coihue seco que se erguía al fondo de una quebrada.



    El fuego iluminó la noche y las mujeres se tranquilizaron al ver la luz.



    -La estrella con su espíritu protector mandó el fuego para que no tengamos miedo -dijo la abuela Collalla riendo.



    Niños y mujeres también rieron, aplaudiendo el fuego.



    El grupo silencioso contempló las llamas como si fueran el mismo Padre Sol que hubiera venido a acompañarlas.



    Se sentaron junto a la gruta, oyendo crepitar las llamas como música desconocida.



    Al rato, llegaron los hombres desafiando las tinieblas por buscar a sus niños y mujeres.



    Caleu se acercó al incendio y cogió una llama ardiente; los otros lo imitaron y una procesión centelleante bajó de los cerros hasta sus casas.



    Por el camino iban encendiendo otras ramas para guiarse.



    Al otro día, oyendo el relato de las piedras que lanzaban chispas, los indios subieron a recogerlas y al frotarlas junto a ramas secas lograron encender pequeñas fogatas.


    Habían descubierto el pedernal. Habían descubrieron cómo hacer el fuego.


    Desde entonces, los Mapuches tuvieron fuego para alumbrar sus noches, calentarse y cocer sus alimentos.









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