Cuento, el conejo en la luna





Hace mucho tiempo no había astros en el cielo. 
Todo estaba oscuro. 
No existía el día. No había ni sol ni luna ni estrellas.

Entonces se reunieron los dioses en el lugar que se llama Teotihuacan
y dijeron:




—¿Quién se encargará de dar luz al mundo?

A esas palabras respondió un dios que se llamaba Tecuci. El dios
dijo:

Yo me encargo de dar luz al mundo.

Luego hablaron los dioses otra vez y dijeron:

—¿Quién quiere ayudarlo?

Al instante se miraron los unos a los otros y ninguno quería ofrecerse
para hacer aquella tarea. ¡Todos tenían miedo!

Entre los dioses había uno llamado Nanahuatzin, a quien nadie
hacía caso. Era pequeño, muy feo y tenía una desagradable enfermedad
de la piel, que algunos creen que era lepra. Además, casi nunca hablaba.
Sólo oía lo que los otros dioses decían y casi nunca daba su
opinión. 
No le gustaba intervenir en las conversaciones de los otros
dioses. Pero esa vez, uno de ellos le habló y le dijo:

—Tú, Nanahuatzin, debes de ser el otro dios que se encargue dedar luz al mundo.

Y Nanahuatzin respondió:

—Obedezco de buena voluntad lo que me ordenan. Yo seré el otrodios. Yo también me encargaré de dar luz al mundo.

Tecusi y Nanahuatzin comenzaron a prepararse haciendo penitencia. Los otros
dioses encendieron un gran fuego, pues ya habían creado la lumbre.

El dios Tecuci, como era rico, ofreció cosas muy valiosas como oro,
plata, plumas de quetzal de muchos colores. y varias preciosas joyas,
entre las que resaltaban las apreciadas piedras verdes.


Nanahuatzin, como era pobre, sólo ofreció flores del campo, ramas
que tomaba de los árboles y algunas legumbres.

Cuando acabaron de hacer la penitencia, los dos dioses comenzaron
la ceremonia para dar luz al mundo.

Los otros dioses vistieron a Tecuci con una chaqueta muy fina y le
adornaron la cabeza con plumas de quetzal de ricos colores. A Nanahuatzin
le pusieron una corona de papel mate y una simple camisa
de algodón. Luego todos los dioses se sentaron en círculo alrededor del
fuego. Tecuci y Nanahuatzin se colocaron enfrente con la cara hacia
el fuego.

 Entonces los otros dioses dijeron:

—¡Adelante, Tecuci! ¡Entra en el fuego!

Inmediátamente Tecuci se preparó para entrar en el fuego. Pero
como el fuego era grande y estaba ardiendo, sintió un gran calor y tuvo
miedo. Otra vez trató de entrar en el fuego, pero otra vez tuvo miedo.
Cuatro veces probó, y cuatro veces se detuvo y no pudo entrar. Según
las reglas establecidas por los dioses, nadie podía probar más de cuatro
veces.

Así, los dioses hablaron a Nanahuatzin y le dijeron:

—¡Nanahuatzin, ahora te toca a ti!.

Nanahuatzin cerró los ojos, corrió y entró en el fuego. Y cuando
Tecuci vio a su rival entrar en el fuego, él también cerró los ojos y entró
en el fuego.

Cuando los dos dioses se quemaron, los otros con gran ansiedad esperaban
a ver qué pasaba. 

Después de algún tiempo, el cielo comenzó a ponerse rojo, y en todas partes apareció la luz.
Dicen que después de esto los dioses escudriñaban en el cielo para
ver por dónde vendría Nanahuatzin a traer la luz al mundo. 
Miraron por todas partes, pero no se atrevían a decir por dónde saldría la luz.
Algunos pensaban que saldría por el sur. Otros decían que saldría por
el norte; otros miraban hacía el oeste, y otros hacía el este.

Por fin salió el sol por el este. Estaba tan brillante con rayos de luz
por todas partes, que nadie podía mirarlo. 
Y poco después salió la luna por la misma parte por donde había salido el sol. Nanahuatzin, que entró primero en el fuego, salió primero, convertido en sol. Y Tecusi,
que entró después, se convirtió en la luna.

Y dicen que los dos, el sol y la luna, tenían la misma luz, brillaban
de la misma manera. Y cuando los dioses vieron que los dos brillaban
igual, hablaron entre sí otra vez y dijeron:

—¡Oh, dioses! ¿Cómo puede ser esto? ¿Está bien que los dos, el soly la luna, den la misma luz?

Y los dioses decidieron unánimemente:

—No, no está bien. Tecuci debe dar menos luz.

Uno de ellos, corriendo, le dio un golpe a Tecuci en la cara con un
conejo y se la oscureció. 

Y así quedó la luna como está ahora, con la
figura de un conejo en la cara.

Un día el sol se detuvo. No quería moverse. Otra vez, los dioses se
reunieron en Teotihuacan, donde habían construido dos pirámides,
una para el sol y otra más pequeña para la luna.
 Uno de los dioses exclamó:

—El sol tiene que seguir su camino. ¿Qué vamos a hacer? Si el solno se mueve, todos moriremos.

 Entonces otro dios tuvo una idea.

—Cuando a uno le pican los mosquitos, no se puede estar quieto.¿Por qué no le envíamos un mosquito para que le pique?

Y así lo hicieron. El mosquito voló hasta donde el sol estaba detenido
y le picó. Inmediátamente el sol comenzó a moverse y siguió su
camino. 

Hasta hoy no se ha detenido, ya que tiene miedo que el mosquito
vuelva a picarle.




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