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Leyenda mapuche, las lamparitas del bosque


En una profunda y oscura caverna, cerca de un gran volcán, vivía en gran brujo, jefe de los brujos menores y de los brujitos.

            Todos los días hacia maldades, se dice que era el culpable de las muertes y enfermedades de los animales, así también como de las malas cosechas.

La comunidad le tenia miedo, entonces, para evitar que se molestará y causará aún más daño, le dejaban afuera de sus rucas cántaros llenos de “mudái”, una especie de chicha que al Gran Brujo le encantaba.

Cuando era de noche solía bajar de la cumbre, y para no perderse, encendía miles de lamparitas rojas usando el fuego del volcán.


-Vendré muy borracho -murmuraba para sí- y las luces me guiarán hasta mi caverna.Soy un gorgorito que se lleva el viento y tengo cosquillas de puro contento.

Luego de beber sin parar, comenzaba a volver a su cueva, y en el camino de vuelta solo seguía las lamparitas que había dejado encendidas.

El gran problema para él era el invierno, pues, las lluvias apagaban el fuego, y no se atrevía a bajar por miedo a perderse en su regreso.

Pero uno de esos inviernos fue mas largo de lo normal, y el brujo, sin poder calmar su sed, tan enojado estaba, que comenzó a lanzar piedras y lava del volcán, quemó cosechas, mató animales y embrujó los cultivos.

Los hombres y mujeres estaban preocupados, pues pensaban que morirían de hambre.
Fue tanto el miedo, que se reunieron los jefes y dueños de las tierras para decidir qué hacer con el malvado Brujo.

Algunos hablaban de darle garrotazos, otros de envenenarlo, algunos de quemarlo… hasta que por fin habló el más anciano:

-Creo que tendremos que juntarnos todas las criaturas de la Tierra para ganarle al gran Brujo del demonio. Quiero decir que tenemos que reunirnos con nuestros animales protectores del aire, de la tierra y del agua. Y también será necesario invocar a los buenos espíritus de las selvas. Entre todos, tal vez podamos echarlo para siempre de nuestros valles.

Esta vez los jefes, los campesinos y los jóvenes estuvieron de acuerdo.

-La violencia nunca es una solución un golpe acarrea tarde o temprano otro golpe; pero actuar unidos y con astucia traerá un buen final.

Cada familia se preocupó de hablar con su animal protector, pero fue el espíritu del canelo, quien dio el consejo mas sabio:

-El Brujo de la montaña necesita sus lámparas para no perderse en la espesura de la selva; si se las quitamos, no podrá atravesar los bosques y no sabrá encontrar los senderos hacia los valles. Sólo así nos dejará en paz.
Los hombres y los animales consideraron que el Canelo había dado la mejor y más sencilla solución, además, no necesitaba de ningún tipo de violencia.

Entonces se pusieron a planear lo que cada uno tendría que hacer para arrebatar al Brujo sus lamparitas.

Los campesinos juntarían cientos de jarros de chicha para emborracharlo por largo tiempo. Después de mucho beber, el Brujo regresaría a través del bosque tan mareado y cegatón, que sería muy fácil confundirlo y cada hombre, cada niño y animal escondería una de las brillantes luces, dejando al malvado a oscuras para siempre.

Ese mismo día las mujeres y las niñas se pusieron a fabricar grandes cantidades de la bebida favorita del Brujo. Jarros y jarros de greda se pusieron a fermentar y el olor del mudái llenaba el aire y se lo llevaba el viento hasta la montaña. Porque el viento también quiso participar en la guerra contra el que hacía tanto daño.

Y tan fuerte llego el olor a sus narices que no tardó en despertar, sediento:

-¡Qué olores suben del valle! ¡Aaaah! Esos infelices aprendieron bien la lección que les di, al pudrirles sus cosechas. Llevaré un buen fuego para mis lámparas, porque esta vez sí que la borrachera será grande.

Llegó entonces el brujo, asegurándose de haber prendido la mayor cantidad de lamparitas para su regreso.

-Nunca he probado un mudái tan delicioso como éste, la próxima vez apestaré todos los manzanos, porque veo que da buen resultado el maltrato.
Ni por un instante se le pasó por la cabeza que tanto jarro lleno pudiera ser trampa.
Poco antes del amanecer el Brujo inició su retorno.

 A medida que se internaba en el bosque, iban desapareciendo una a una las lamparitas que dejó encendidas.

-Vaya, ¿qué pasa con mis luces?, decía mientras intentaba caminar a ciegas por el bosque, dándose fuertes golpes contra árboles y rocas.
Los guanacos escondieron las luces detrás de sus cabezas, los venados, entre sus astas, los pumas, con sus anchas patas, las águilas, con sus alas, los hombres, bajo sus mantas. Y los niños huían por todas partes, como luciérnagas risueñas, llevando entre sus manos una radiante lamparita.

El brujo, al verse perdido, hizo un trato con los espíritus de los arboles:

-       No volveré a maldecir sus tierras, ni matar animales, tampoco embrujar cosechas, solo déjenme volver a mi cueva, y descansaré eternamente.

Los sabios espíritus aceptaron.

Nunca más pudo bajar a los valles a hacer daño a los hombres, mujeres y a las criaturas humildes. Nunca más el volcán le prestó de su fuego. Pero aquellas luces que entre todos le quitaron, vuelven a iluminar cada año los senderos, y son las flores del copihue que cuelgan de los ramajes de la selva como campanitas.


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