El cura sin cabeza, relatos peruanos


Las campanadas de la iglesia terminaban de sonar, y trágicamente anunciaban la medianoche.
Una tensa calma cubría el pequeño pueblo de Tambo, una oscura tranquilidad, que ponía los pelos de punta y asustaba incluso a los más valientes.

La espesa niebla, como todas las noches, comenzaba a comerse las calles, como si de un hambriento demonio se tratase, buscando algo, lo que fuera para engullir…

Nadie parecía haberse olvidado de no estar en las calles, cada de uno de los habitantes de Tambo, permanecía oculto, a resguardo en sus hogares.

La vieja iglesia, como un viejo que se levanta después de varios días, crujía, sonaba, y parecía derrumbarse… Pero no se cae, si no todo lo contrario, parece cobrar vida.

Puertas cerradas, puertas que nunca nadie jamás pudo abrir, velas encendidas como por arte de magia, y dentro de la tétrica iglesia, parecía llevarse a cabo una misa, en la soledad de la noche…

Hasta que de pronto, sin aviso, sin espera, sin piedad por las personas aterradas en sus casas, las puertas se abrían de par en par, velas que se apagaban misteriosamente una tras otra, y la niebla, esa espesa niebla que cubría las calles, comenzaba a rodear por completo la iglesia…


Se dice, que hace años atrás, un valiente, o quizás incrédulo joven se atrevió a mirar por las ventanas de la iglesia justo cuando las puertas se cerraban, al otro día, contó haber visto encendidas las velas del altar mayor que iluminaban la macabra figura de un sacerdote sin cabeza, el cual, revestido de los ornamentos sagrados, rezaba la misa …. Dicen que, a la noche siguiente, y luego de contarle al pueblo completo lo que había visto, la niebla se dirigió a su hogar, lo buscó y lo buscó, hasta que lo dio con él…. Y lo abrazó…  nunca más volvió a ser el mismo… la locura tomó su cabeza y la dirigió hacia el sin sentido el resto de su miserable vida.


El pueblo hacía los más variados comentarios sobre lo que sucedía por las noches en la iglesia, pero la explicación predominante era que se trataba del alma en pena de un capellán de la iglesia, cuya vida estuvo llena de pecados… y que para expiarlos venia todas las noches a la capilla, encendía las luces del altar mayor, y allí, solo, en el templo vacío; sin acólito que responda a sus palabras ni fieles que le escuchen, celebraba el santo ritual de la misa.


Cuentan, que una tarde, oscureciendo ya, se rezaba una novena en la iglesia. Al terminar, los fieles salieron del templo, el cura y los monaguillos lo hicieron seguidamente, y el sacristán, después de haber dejado todo en orden, se marchó también, no sin antes haber cerrado la única puerta que tenía la iglesia.

Nadie notó que, dentro del templo, en un penumbroso e inadvertido rincón, había quedado un joven del pueblo, el que estaba profundamente dormido.

 Las horas pasaron, y llegada la media noche, las campanas comenzaron a sonar, entonces, hizo su aparición en el altar mayor el cura sin cabeza, que con mucha calma empezó a encender, una a una, todas las velas.
 El ruido de las campanas, y el resplandor de las velas despertó al joven dormido, quien levantó los ojos y quedó mudo, al ver la figura de un cura sin cabeza moviéndose tranquilo de un lado a otro.

Se incorporó el joven y, al ir teniendo conciencia cada vez más clara de lo que estaba pasando: las velas encendidas misteriosamente, la soledad del templo, las puertas perfectamente cerradas, comenzó a gritar y a golpear la puerta con los puños, pero ¿quién, a aquellas horas oiría sus llamadas? Incluso si lo escuchasen… ¿Quién se atrevería, osaría abrir las puertas de la iglesia a esas horas?

Una extraña voz, que salía no se sabía de dónde, musitaba oraciones latinas. Miró entonces el joven hacia el altar y vio al cura sin cabeza que le hacía ademán para que se acercase, al mismo tiempo que la voz extraña le decía:

- No temas, acércate. Quiero celebrar una misa y para esto necesito que alguien, aunque sea un solo fiel, la escuche. ¡Serás tú mi oyente!
Sobrecogido de espanto, el joven cayó de rodillas. Como en sueños oyó susurrar al sacerdote sin cabeza todas las oraciones de la misa.

Concluida ésta, el cura apagó las velas con la misma parsimonia con que las había encendido, y desapareció.
Al día siguiente, cuando abrieron la puerta de la iglesia, encontraron al joven tendido en el suelo cerca de la entrada. Enloquecido de terror, había corrido vertiginosamente hacia la puerta, tropezando violentamente en ella, cayendo en el suelo, sin sentido.
Cuando despertó, la locura, al igual que a aquel hombre que miró por la ventana, parecía haberlo consumido…. ¡pobre hombre!

Dicen, que desde aquella noche las ventanas de la iglesia no volvieron a iluminarse, el cura sin cabeza había desaparecido.

Sin embargo, no son pocos los que hablan, que una vez al año, justo este día, este mismo día en que escuchas esta historia, las campanas de la iglesia suenan, la iglesia cruje, las puertas cierran, las velas del altar mayor se encienden,   y una misa se realiza mientras los habitantes de Tambo permanecen ocultos en sus casas, esperando a que la noche se lleve al cura sin cabeza.




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