La leyenda del ñanculahuen, leyenda mapuche



El gran cacique Loncopan está enfermo. Toda la tribu está profundamente apenada por la terrible enfermedad que posiblemente le quite a su líder. La fuerza y la astucia de su bello y fornido cuerpo han desaparecido. Está postrado en su catrera  sin poder moverse. Los intentos de curación fueron en vano: ni los remedios ni el Nguillatun  en el que rogaron a Nguenechen  por él, surtieron efectos sobre su perniciosa enfermedad.

Loncopan es adorado y respetado por sus súbditos. No sólo por su valentía y destreza en la caza y la guerra, sino también por la bondad, sabiduría y justicia con que gobierna la tribu. Ya no se puede hacer nada. Sólo queda ir a buscar a una machi  que vive entre los cipreses y alerces del espeso bosque. Es la última esperanza, todavía confían en que sus hierbas y exorcismos sagrados puedan curar el terrible padecimiento que lo está arrastrando a la muerte.

La machi entra en la ruca y ve, al lado derecho de Loncopan, a una mujer hermosa. Es Pilmaiquen, la esposa del enfermo. Tiene los ojos llenos de lágrimas y está desesperada. Le ha pedido a Nguenechen que tome su vida a cambio de la de su esposo.

La machi comienza su rito haciendo conjuros. Entre convulsiones, gritos y gestos grotescos exclama en una agitación:

"Ñancu... Ñanculahuen".
(aguilucho blanco... hierba en las cumbres de las montañas, p.260)

Los presentes se estremecen. Pilmaiquen ahoga un grito en su pecho. El ñanculahuen  es una hierba que crece en las cumbres de las montañas. Además, está celosamente custodiada por el ñancu, el aguilucho blanco. Todo aquel que se atreva  a apoderarse de la hierba sufrirá espantosos peligros. Sin embargo, la valiente esposa exclama, sin titubear  un momento:

"Yo iré a buscar el ñanculahuen."

Se acerca a la cama de su esposo y le promete:

"Yo te traeré la hierba. En tres días estaré aquí."

Inútil es convencerla de que no emprenda la imposible aventura. Pilmaiquen parte decidida con rumbo fijo: las montañas. Todos quedan aterrados cuando la machi les dice: "Ha ido a buscar el ñanculahuen."

Pilmaiquen se interna por senderos sólo transitados por animales. Es el único modo de llegar a la cordillera nevada. El viento helado le azota la cara. Las piedras y espinas cortantes le lastiman los pies. Pero nada es más fuerte que el inconmensurable amor que siente por su esposo. Eso le da ánimo y le permite soportar los sufrimientos con algo de alegría.

Su alimento son los piñones del pehuen  y, por las noches, duerme debajo de las lengas (haya del sur  achaparradas de las altas cumbres. Al segundo día llega a los dominios del ñancu (aguilucho blanco) el lugar donde crece la hierba que curará a su amado esposo. Agotada , se sienta sobre una roca a descansar. De repente, sus ojos divisan  un ave blanca que se posa en una roca cercana a la de ella. La mirada del ñancu es penetrante, y con un fuerte bramido exclama:

"¿Qué has venido a buscar?"

"Mi esposo se está muriendo", responde Pilmaiquen. "¡dame la hierba que sana! Yo estoy dispuesta a dar mi vida por ella."

El ñancu acepta su sacrificio y le contesta:

"Por el amor que sientes por tu esposo, acepto tu ofrecimiento. Te daré la hierba que necesitas, pero a medida que tu esposo recupere la salud, tú perderás los movimientos y el habla. Sólo conservarás tus ojos sanos para que puedas ver la obra que has hecho, y serás la esposa más amada del mundo."

El aguilucho se va y, al rato, regresa con la hierba curativa entre sus garras. Pilmaiquen llora de felicidad.

Al tercer día de la partida, Pilmaiquen regresa con la hierba sagrada en sus manos, entre las muestras de asombro del resto de la tribu. De inmediato preparan la infusión con la sorprendente hierba y comienzan a lavar las heridas de su esposo, que lentamente va recuperando los movimientos. Al mismo tiempo, ella va perdiendo la movilidad y la palabra. Cuando Loncopan recupera su salud, pregunta por su esposa. La encuentra sentada cerca del bosque.

"¿Por qué estás aquí?", le pregunta. Al no poder hablar, Pilmaiquen estalla en un llanto. El cacique, angustiado, consulta a la machi.

"Tu mujer no volverá a hablar ni a moverse jamás. Ése es el costo de tu salvación."

En ese momento, Loncopan comprende cuánto lo ama Pilmaiquen



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