El origen de la luna, mito tehuelche

 

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Dicen que desde el momento en que  Kooch había creado al sol para iluminar el día  y  dar luz y calor a


los hombres y mujeres, desde ese momento en la tierra todo comenzó a marchar bien, los árboles crecían, las flores danzaban con sus pétalos al ritmo de los rayos del sol, los animales se alimentaban y reproducían y los tehuelches aprovechaban el día para cazar y recolectar alimentos para sus familias… todo marchaba perfecto, mejor dicho casi todo...  pues dicen que, durante el descanso de éste, durante el descanso del sol Tons, la madre de la oscuridad y los malos espíritus daba libertad a sus hijos, los que prodigaban los males por donde pisaban, por donde miraban, y los gigantes Hol-Gok asomados por los ojos de las maderas viejas, por los huecos de las rocas y desde lo profundo de las cavernas, acechaban a los indios para esparcir sus males, enfermedades y desgracias.

Fue entonces cuando Kooch, luego de entender que no podía dejar a los tehuelches en las manos de la madre de la oscuridad y los malos espíritus, decidió crea a la luna, llamándola Keenyenkon para que ilumine a la tierra y aleje con su brillante luz a los malos espíritus.


Una noche de invierno fue la primera vez que se vio a blanca luna asomarse tímida atravesando las tinieblas, Tons, la malvada madre de los espíritus, asombrada al darse cuenta que nunca más volvería a reinar en las frías noches, se ocultó en las cavernas junto a sus hijos, donde dicen que vive hasta el día de hoy.

Cuentan que al ver a la luna Las nubes sonrieron contentas y aliviadas al saber que  los hombres y mujeres podrían, desde ese momento, caminar por las noches sin el miedo a que los malos espíritus y los gigantes hol-gok les lanzaran enfermedades y maldiciones. 

Fueron ellas mismas, las suaves nubes, que divagaban por el cielo de día y de noche, las que volaron presurosas a contarle al sol la buena nueva…  y tanto le hablaron de la pálida dama nocturna que cierto día decidió conocerla.

Fue así, como una mañana de primavera quebró con sus brillantes rayos el horizonte antes de lo acostumbrado, por su parte Keenyenkon tampoco pudo resistir el embrujo del rubio madrugador y lo acompañó a través del azul del cielo hasta perderse en el horizonte quebrado de los Andes en un rojo y precioso atardecer.


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