El rey de los chanchos, leyenda de Costa Rica

Dice una antigua leyenda de costa Rica, que, de entre todos los animales de la tierra, únicamente los chanchos, conocidos también como cerdos, únicamente ellos tenían un rey. 

El rey de los chanchos tenía el aspecto muy similar al de un hombre, de piel blanca y sin arrugas, con enormes y redondos ojos marrones, fuerte como el mejor de los guerreros y con una larga cabellera negra que le llegaba casi hasta la cintura.

Dicen que siempre paseaba por los montes, con el que se dedicaba a cuidar y a proteger a sus súbditos. 

Dicen que Vivía en un palacio encantado en la cumbre de una misteriosa montaña llamada Sankrá-ua, la entrada a su palacio estaba protegida por feroz y temible felino.

 Algunos dicen que este guardián era un enorme puma, otros hablan de haber visto a un fiero leopardo, algunos incluso cuentan, que no era solamente uno, sino que eran cientos, cientos de distintos tipos de felinos, cada uno más indomable que el anterior.

Al rey de los chanchos no le gustaba que atacaran a sus súbditos, a sus hijos cerdos por puro divertimento, o que en la caza los humanos no los mataran de una forma rápida y sin dolor.


Dicen que una vez hubo en Boruca, un cazador que tenía fama de ser mal arquero y siempre herir a los animales sin acabar con ellos, que los dejaba moribundos, sufriendo por muchos, muchos días hasta que sanaban o la muerte, la diosa muerte se apiadaba de ellos.

Bueno, resulta que, un día, este hombre se fue a cazar justo a la montaña donde vivía el rey de los chanchos, y allí, para su sorpresa, se encontró con una gran, enorme manada de estos animales que comían y vivían libres en las praderas.

Incrédulo de su suerte, tomó su arco, sus flechas y comenzó a disparar.

Corrió y corrió sin poder alcanzarlos, lanzaba flechas, pero ninguna de ellas terminaba con la vida de algún cerdo, por el contrario, varias saetas se incrustaban en distintas partes del cuerpo de estos animales, los que, heridos intentaban escapar de aquel cazador.

El hombre los persiguió por mucho tiempo, muchas horas, hasta que se dio cuenta de que se encontraba totalmente perdido entre la espesura de aquella desconocida, mágica y misteriosa montaña. 

Sin saber que hacer, sin saber siquiera dónde estaba, siguió buscando algún sendero que lo llevara de vuelta a su hogar, hasta que, de pronto, de pronto se encontró cara a cara con el rey de los chanchos (sini-súj-kra). 

Y este, enfadado, le dijo:       

- ¿Por qué dañas a mis súbditos? ¿acaso te diviertes dejándolos malheridos? ¡No volverás a tu hogar hasta que los hayas curado a todos, uno tras otro!»

El cazador paso allí mucho tiempo intentando curar a los chanchos, pero era una tarea muy complicada, los chanchos no se dejaban cuidar, sino que se revolvían, le mordían y escapaban 

Estuvo meses sufriendo mil penalidades en el palacio del rey de los chanchos hasta que, por fin, se ganó la confianza de los cerdos, que se amansaron y acabaron siguiéndole a todos lados como si de un pastor se tratase.

Cuando no había más animales que curar, el rey de los chanchos, sabiendo que, el dejar a los súbditos heridos no era por mala intención, si no que por simple y pura mala puntería, se apiadó del cazador y le permitió volver con los suyos siempre y cuando prometiera sólo matar a los chanchos cuando necesitara comer y no volviera a herir a un animal sin darle una muerte digna.

El cazador aceptó.

Ya de vuelta a su hogar, el cazador anduvo largo rato por los montes hasta que dio con algunos de sus compañeros que precisamente estaban cazando chanchos.

  Los animales reconocieron a su curandero y se acercaban mansamente a él. 

 Los demás hombres se sorprendieron y vieron con esto facilitadas las tareas de la caza, entonces, quisieron matar a todos los chanchos que tenían cerca, sin embargo, como el cazador les conto la historia de sus meses en el palacio, les contó lo nobles que eran esos animales, les pidió que mataran solo los necesarios para comer, y lo hicieran de una manera rápida.

Sus amigos lo miraron a los ojos. Sabían que él no mentía.

Entonces, únicamente mataron a 2, intentando causales el menor dolor posible, y dejaron al resto libres.

Desde ese momento el joven cazador se dedicó a cuidar a los chanchos tal cual como el rey, y dicen que cuando llegó su hora de morir, viejo y cansado, lo hizo en aquel palacio en la montaña, siendo cuidado hasta sus últimas horas por el mismísimo rey y sus, ahora amigos, los chanchos.


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